Zoología fantástica, el mito

Morelia/Nancy Herrejón

El color y las obras del gran Francisco Toledo son inconfundibles, son piezas que cuentan con un sello diferenciador que habla del estilo tan único del maestro. Su pasión por la naturaleza se revela especialmente en los animales, los plasma dándoles otro sentido; tal es el caso de murciélagos, gatos, elefantes, sapos e insectos, que con las texturas y colores de Toledo exteriorizan otro significado.

Él no hablaba de musas ni inspiraciones sino de “el momento brujo” ese instante que invadía las entrañas y necesitaba salir para convertirse en una obra de arte. Al momento de crear jugaba con la fantasía y la realidad, sobre todo en sus esculturas, pues creaba figuras antropomórficas, seres que podían parecerse a todo y ser nada.

Sus piezas fungen como metáforas y alegorías, como sus máscaras, su joyería, sus papalotes, esos que se aventura a producir con un poco de magia. Mas también pintaba y esculpía mazorcas de maíz, seres fantásticos y esqueletos risueños, todo ello con su color.

Su obra plástica no sólo es una exposición de su intimidad y creatividad, sino también una comunión de sus ideales y de su compromiso social, acompañándolo siempre en sus protestas algún cuadro, escultura, máscara o papalote.

De sus obras más conocidas son Lady Caracol llega tarde al palacio (1991), Los gatos (1975), Los conejos (1975), El de la lengua pegajosa (1988), Autorretrato saludando (1992), Los grillos (1990), El camino (1969), El caballo va cantando (1971), Autorretrato con pájaro (1975), etc.

Sus exposiciones de óleos, gouaches, acuarelas, frescos, mixografías, grabados y esculturas viajaron por varios continentes y países como Japón, México, Estados Unidos, Brasil, Ecuador, Venezuela, Colombia, Francia y España. Y se presentaron en museos emblemáticos como el Reina Sofía en Madrid.