Y comenzaron a tararear…

Morelia/Constanza Orozco

En el último día de la semana jurídico cultural del poder judicial de estado, fue en el auditorio del Palacio de Justicia, a través de un concierto, dividido en dos partes.

La sala estaba casi e iniciaron José Arnulfo Sánchez Quiroz y el grupo Luna sureste, quienes interpretaron música instrumental, con la guitarra como instrumento principal, acompañado de percusiones y un bajo eléctrico.

El repertorio fue abundante, variadas las piezas que iba desde música clásica hasta regional mexicana, pasando por Bossa Nova, entre otras.

Al inicio del concierto no hubo iniciativa de apagar las luces de la sala eso ocasionó que durante la primera pieza y parte de la segunda la atención del público se dispersara porqué el foco de atención no estaba sobre los ejecutantes.

Sin embargo, los asistentes fueron integrándose al acontecimiento; poco a poco, los músicos se acoplaban, pese a los gestos y ademanes del guitarrista principal que no estaban al tono.

Aun así, con las dificultades de la intensidad y dificultad de algunas piezas, que se llegaban a percibir exageradas la primera parte del concierto libró las mínimas exigencias, lo cual provocó afectuosos aplausos.

Incluso, había momentos en que los oyentes, tal vez en forma involuntaria, comenzaron a mover los dedos a llevar el ritmo, hasta con los pies, a la par de tararear las melodías que se tocaban en especial en las arraigadas al folclor mexicano.

En la segunda parte los ejecutantes fueron el violinista Agustín Arriaga y el pianista Gleb Dobrushkin, que interpretaron a los clásicos Mozart y Bach, llegando hasta Ríes y Debussy.

En esta época de las fiestas patrias y en la conmemoración del aniversario número 100 de la constitución mexicana de 1917 los concertistas aclararon que la decisión de elegir a dos compositores mexicanos, de algún modo, fue una especie de homenaje a ellos.

Las obras de compositores mexicanos fueron la sonata para violín y piano, de Hermilio Hernández, y danzas gitanas, de Higinio Ruvalcaba.

Entré cada obra, en medio del silencio, parecía sonar que gotas de lluvia golpeaban en la azotea del edificio, pero al salir no había teatros de lluvia, sólo negras y amenazantes nubes negras que la avecinaban.

El contraste entre cada parte del concierto resultó evidente, la primera era un tanto más dinámica, más popular, mientras que la segunda era más clásica y tenía más formas académicas parecía que forzaba el público a ponerle otro tipo de atención como si se tratara de algo más complicado.