Morelia/Samuel Ponce Morales
Antes del mediodía, con su pantalón de mezclilla, sudadera gris y los zapatos cafés de casi siempre, se dirigió a la enorme, larga fila de los aún potenciales votantes.
La hilera de gente, que era de decenas de decenas, estaba a la orilla de un camino rural; el cielo nublado, la tierra húmeda, con olor casi a campo, y el asfalto minado.
Al lado del hombre, aun no encorvado, familias deleitando la gran espera con charlas de ir y venir, despreocupadas, mientras pasan a vuelta de rueda sin número de vehículos.
La idea estaba en su mente, poco a poco consolidándose, de aquí a las urnas, habría cuando menos centena y media de minutos y, sin embargo, incontables minutos.
Miró a su lado, una gasolinera a lo lejos, un fluido crucero y semi mirar y escuchar el paso ruidoso de los automotores, nada que deletrear y volvió a sumergirse en las imágenes y texto de su saturado celular.
La espera no era desesperante, había calculado, recreado y hasta rebasado su resignación que gradualmente ya no era tal; a su alrededor, a la mano, percibía voces y figuras sombreadas.
Se había levantado temprano, desde las seis de la mañana estaba de pie, jugueteando con la computadora, escudriñando letras, palabras, oraciones párrafos y a la par con cientos de imágenes.
Y, ahí estaba estoicamente, caminado lerdamente, al ritmo que imponía el sufragio, a su edad, a sus sesenta años y meses, no se sentía a esa altura de la vida, sino mucho mejor, más que mejor.
El cielo seguía nublado, no había la mínima posibilidad de un resquicio solar, pero tampoco amagaba, no al menos antes y después del mediodía, una intensa lluvia como la noche anterior.
La fila seguía avanzando y él, casi arrastrando los pies, como una forma de hacer tiempo, no importa si fueran segundos, incluso centésimas de segundos, de todos modos, ahí estaría, no había escapatoria
En los momentos en que desparpajado se entretenía contando los quien sabe cuántos charcos, aquellos que, a veces, veía delineados en oscilantes espejos, se le acercó un hombre de su edad o al menos eso creyó.
Le dijo que la gente como él tenía visa para no formarse, para no esperar, para no recorrer la larga aduana para arribar a las urnas, y le señaló el imaginario camino.
Dio las gracias, se encaminó a un lado de la serpentina fila, subió y bajó escalones, se adentro al verde pasto, brinco diminutos lodazales no sin las miradas sorpresivas de lo que estaban a su paso.
Arribó al nicho esperado, en donde era un y venir de funcionarios electorales que como hormigueo se mezclaban con los ciudadanos; preguntó una, dos veces dónde le tocaba sufragar.
Hizo fila, pero está a centímetros del inicio del rito cívico, entregó su vieja credencial, de las sobrevivientes, buscaron y encontraron su nombre en el padrón y le dieron sus cinco boletas.
No, no esperó en demasía, si acaso ciento ochenta segundas para situarse en la mampara y ahí estampar las equis en el documento electoral; miró la media docena de boletas.
Repasó los nombres de los candidatos de cuatro de las cinco boletas e impregnó su equis en cada una de ellas, pero en la última, en la presidencial, dejó pasar un minuto y la cubrió totalmente con lo parecía una cruz.
Antes de doblar las cinco boletas electorales y depositarlas una a una en sus respectivas urnas, decidió tomar la imagen de su quinto sufragio, el presidencial, la miró y guardó.
Al salir del lugar, con una extraordinaria tranquilidad observó diferente todo, y en el transitar iba sonriendo, sintiéndose libre, quería correr, dar vueltas en cuanto oasis verde se le atravesaba.
Me sentí terriblemente redimido…



