Virgencita ya estoy aquí

Morelia / Nancy V. Herrejón

Nana Kutsi gobierna el frío cielo decembrino, como un inmenso diamante purépecha;  bajo de ella extendiéndose como un mar de voces la gente canta, llora, camina hacia el final de la calzada, un solo motivo, un solo fin. La antigua calle Real de Morelia de nuevo vibrante a los pasos, al peregrinar descalzo de la fe que cada 11 y 12 de diciembre emana como vaho místico en la ciudad.

Las mujeres ataviadas con su falda y su huanengo bordado a flores rezan, hablan en secreto, con la esperanza trenzada a su cabello van recorriendo con la banda de música el musitar católico de su pecho; ellos, vestido a la usanza del indio San Juan Diego, algunos solos o de la mano de su mujer de agua, algunos cargando el retoño de su amor, pero todos conmovidos, todos con la mirada iluminada para decir: Virgencita ya estoy aquí.

En México y muchos otros lugares del mundo, el 12 de Diciembre de todos los años se celebra el día de la Virgen de Guadalupe, en honor de la imagen que tiene la tradición católica más importante y con mayor culto en México. Se atribuye en esa fecha su aparición a San Juan Diego en el cerro del Tepeyac en el año de 1531(5 siglos atrás), sitio que es visitado en su recinto de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México y en los templos e iglesias dedicadas a su culto a lo largo del país por millones de peregrinos y fieles.

 Representa una de las celebraciones religiosas tradicionales más significantes del calendario litúrgico de la región. Se tiene por costumbre que tales peregrinaciones no sólo incluyan fieles y organizadores, sino danzantes diversos (la Danza de Matachines y los concheros), quienes lideran las procesiones hasta llegar a la Basílica. En México además se tiene la costumbre de que a las niñas y a algunos niños nacidos en esta fecha se les pone el nombre de ‘Guadalupe’ en honor a la virgen, santo de las ‘Lupitas’ se conoce también.

Guadalupe Rivas se levantó temprano para preparar su traje, “siempre se me hace tarde para cambiarme, como salgo del trabajo apenitas alcanzo” delineados sus ojos en felina mirada sonríe a sus niños, unas arracadas grandes y de plateado brillo adornan su moreno cuello; desde que recuerda su mamá la vestía de ‘huare’ cada 12 de diciembre, “era así como de doble festejo, pues es mi santo y el de nuestra madrecita (la Virgen de Gudalupe), de su mano trae a sus dos pequeños, ambos vestidos de inditos, tras decir adiós apresuran el paso para alcanzar su peregrinación. Van con un solo fin, ver a la morenita del Tepeyac.

En México además se tiene la costumbre de que a las niñas y a algunos niños nacidos en esta fecha se les pone el nombre de ‘Guadalupe’ en honor a la virgen, santo de las ‘Lupitas’ se conoce también.

Tras cantarle las tradicionales mañanitas la gente se reúne de nueva cuenta en la histórica calzada de San Diego al día siguiente, “el mero 12 de diciembre mija, cuando no se puede en las mañanitas se puede y vale hoy también, lo importante es no dejar de venir a verla” Rodrigo Rey como así le dicen, deja de ir al taller mecánico para acompañar a su familia al templo de San Diego y darle gracias a la virgen, después regresan a su vida normal “aunque un rato pero tenemos que venir, después a la chamba, ni modo hay que comer diario”. Rodrigo tiene las manos manchoneadas de aceite de carro, sus uñas son oscuras, su cachucha ha perdido el color por tanto sol, más en su sonrisa, su fe, su creencia es una energía mágica de nívea sensación.

El sol se despliega y hondea por todos los rincones, la gente va y viene, mujeres vestidas de ‘huares’ cargando a sus pequeños que duermen el sueño de los días; hombres y mujeres bañados en un sudor de purísima resistencia que desde el inicio de la calzada como manda desgarran sus rodillas en las baldosas de triste cantera hasta llegar a los pies de la virgen, los niños miran ¿Por qué lo hace mami? preguntan mientras miran sin mirar -porque la virgencita les hizo un milagro- pero se ve que les duele mami, la mujer fingió no escuchar, a veces no hay respuestas.

El paisaje no sólo es ese intercambio de rostros y rezos, de hombres y mujeres cargando cual niños pequeños imágenes de la Virgen de Guadalupe, familias enteras vestidas de tradición y fe, manos blancas y pies negros cumpliendo la manda, cumpliendo un pago de gratitud por el milagro concedido, más vida, más días, hombres y mujeres de todas las edades en un solo pulso, en un solo pensamiento y con un solo fin, mirar el altar de la Virgen y decirle: Virgencita ya estoy aquí.