Morelia / Nancy Viridiana Herrejón Peña

El viento de la tarde noche de ese martes fue fresco, sutil e impregnado de palabras que aguardaban a ser descubiertas entre miradas y manos. El Teatro José Rubén Romero tranquilo, siempre tranquilo como gobernado por el misterio que sólo saben sus paredes.

Poco a poco la gente llegó perdiéndose como una sombra entre los asientos del teatro, a lo lejos podían distinguirse algunos rostros, algunas bocas repitiendo voces ya dichas. Después el silencio, de nuevo el eco, otra vez el silencio, el presídium estaba representado ya.

Carlos Augusto González, deambulaba por estas calles ya conocidas por él desde sus primeros años, conocía muy bien el teatro, más nunca imaginó que volvería a ese sitio para ser galardonado con un premio que llevara el nombre de tan insigne escritor michoacano.

Claudio Méndez, atento, gentil como siempre saludando a los presentes, ataviado en su traje oscuro reflejaba el gusto ante la premiación de la cual sería primera voz, junto a él, la directora del Consejo Nacional de Literatura (CNJ) del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) Leticia Luna sonriendo, luciendo un vestido de fina estampa de flores en un cielo nocturno.

De pronto la algarabía comenzó a dispersarse, las voces de Claudio Méndez y Leticia Luna se expandieron como un vaho, describieron un poco el proceso de selección, compartieron algunos datos de quien en esa tarde sería galardonado, poco a poco, de voz en voz, en la caricia nocturna de los minutos nos llevaron al consuelo de los desterrados.

Entre aplausos y flashazos que robaron el brillo del instante Carlos Augusto González Muñiz fue galardonado con el Premio Nacional de Novela  “José Rubén Romero” por su obra El consuelo de los desterrados, una historia pendular entre la realidad y la ficción nuestra de cada día.