Los Reyes/Enrique Castro
Desde la cabecera municipal de Los Reyes se llega rápido, diecisiete kilómetros es la distancia que separa a Los Chorros del Varal.
Cualquier habitante conoce el lugar y experimentado alguna agradable sensación en lo que es una zona natural protegida, ubicada en un pequeño “gran cañón”.

El lugar de acceso es un predio privado donde se ofrecen servicios de estacionamiento y comida. El camino hasta ahí está rodeado de campos de zarzamora y caña, la región es dominante en esos productos.
Al llegar al amanecer el lugar está cerrado, pero se puede acceder y llegar hasta el límite de la tierra, ahí comienza el barranco y se escucha la caída de agua, sin embargo, no se ve nada, solo se oye ruido.

La región de Los Reyes es la colindancia entre Michoacán y Jalisco, además, entre una zona templada y la tierra caliente michoacana.
El rio que está al fondo del barranco entronca en algún lugar con el rio Tepalcatepec. La vista regala laderas y montañas hacia la derecha y el valle hacia la izquierda; el pico más alto del estado, el de Tancítaro, se ve a lo lejos.
Unos escalones marcan y señalan el inicio de “lo difícil”; 706 escalones contabilizados son el camino hasta las imponentes caídas de agua que se encuentran río adentro.
Y, partiendo de ese lugar, antes de eso, existe la “cola de caballo”, la cual es otra pequeña cascada que solo los habitantes de la zona saben de dónde se ve, desde el aire se nota “un hilito” de agua con el fondo de los sembradíos de berries.

Al comenzar a bajar, el sol a medio cielo lanza sus rayos hacia una cara de la barranca, un par de periquitos se observan volar, así como los buitres que ahí están a la espera de cazar animales de campo como ratones.
La escalera de cemento es dura, en partes inclinada y siempre húmeda o llena de hojas; el barandal de metal ayuda en la bajada.

La vegetación es típica de la zona de la Sierra-Costa: selvática, tupida y frondosa; la humedad se respira y obliga al abrigo a esa hora del día.
Existen descansos en la escalinata de vez en tanto, están colocados en lugares estratégicos donde se puede observar parte del paisaje, tal como arboles de 10 o 15 metros de altura, o pequeñitas cascadas que pierden sus aguas en el subsuelo.
Después de continuar bajando, el ruido del agua se hace cada vez más fuerte, y comienzan a “temblar las piernitas” por el esfuerzo muscular. El agua que por aquí fluye se puede tomar para refrescar.
El final está marcado con el fuerte caudal del río; un viejo puente de madera conecta las dos partes del barranco; este es un colgante reforzado con cables de metal para evitar la caída, sin embargo, hay pedazos sin madera y crean una macabra y movida escena: de izquierda a derecha se mueve el puente y se oye un crujir.

Con habilidad se llega al otro lado y se comienza a subir, ahora sin escaleras; solo por un sendero marcado con letreros que dicen: “mirador” y señalan con flechas la dirección.
La vegetación cambia repentinamente y el ecosistema es árido: típico terracalentano adornado con huizaches y plantas secas, “café” y seco, contrario al de la otra pared, verde y frondoso.
Al llegar al mirador, se puede ver la caída de la cascada: una enorme pared de agua se forma en la ladera con una caída de más de 70 metros de altura y otros 70 de longitud.
Por la mañana la luz del sol pega directo en las gotas y forma arcoíris en distintas partes, la vegetación sobre la roca es verde y simula un jardín colgante.
La roca mantiene divisiones que para los más observadores indican diferentes etapas geológicas.
Un sitio de tranquilidad para muchos y para otros de esparcimiento familiar: “lo difícil no es la bajada; es la subida” dice una señora refiriéndose al cansancio que es subir de nuevo las 706 escalinatas de regreso al sitio de inicio.






