Aquila, Michoacán/Miguel Ángel Santos
El calor de la costa michoacana no es impedimento para ver a las tortugas golfinas y su desove, su lento andar sobre la arena, sus aletas parecen cuchillos que se clavan en la arena, arrastrándose poco a poco hasta alejarse del agua y comenzar a cavar.
Las personas que llegan quedan cautivadas con el andar de las tortugas, y los niños, los más pequeños, no niegan querer tocarlas, pero los padres lo evitan y les dicen que no deben hacerlo, que hay que respetar a la especie.
En esta ocasión me tocó ver el retorno de una tortuga antes de desovar, cerca de ella se encontraba una familia tomándole fotos a no más de unos dos metros frente a ella: la tortuga sólo dio la vuelta y desapareció entre las olas.

Uno de los encargados me explicó después: si las tortugas se sienten desprotegidas o atacadas, deciden regresar al mar y no desovar. Esa tortuga en esta ocasión no puso sus huevos.
Al llegar al lugar propicio, donde se sienten cómodas, entierran su cabeza y abren la arena donde pondrán sus huevos, y siguen cavando con sus aletas, siempre despacio, aunque con un movimiento fuerte.
Y aunque la paciencia no es una de mis características, el lento andar y el lento cavar de las golfinas me cautivó y no pude apartar mis ojos de su trayecto, de su excavar, de cuando comenzó a poner sus huevos.

Cuando comienzan a poner sus huevos se olvidan del mundo, las personas pueden pasar frente a ellas, fotografiarlas y las tortugas ni se inmutan, es una especie de trance que finaliza con el entierro de los huevos.
“Esta bailando”, dijo un niño a su papá cuando la tortuga cubría con arena sus huevos, empujaba con las aletas arenisca debajo de ella y con su cola y el caparazón la apisonaba, para que los depredadores no pudieran sacarlos de la arena.
Al final, cuando aseguró sus huevos lo mejor posible, comenzó su retorno hasta el mar, acercándose lento al agua, hasta que una ola lo suficiente grande arrastró a la tortuga y simplemente desapareció.





