Ciudad de México/Miguel Ángel Santos, enviado

Ante las miradas expectantes de miles de mexicanos, el presidente Andrés Manuel López Obrador arribó al Zócalo de la capital del país, procedente del Palacio Nacional. Se dirgió al presidium y ahí ernaboló todos y cada uno de sus logros durante un año en el Gobierno de México.

Mientras algunos de sus seguidores lo escuchaban atentamente, otros irrumpian con consignas como la legendaria: “Es un honor estar con Obrador” y otras que ya no tienen vigencia, no al menos en estos tiempos como el “No estas solo, no estas solo, no estas solo”.

La espera de él, de su discurso, no fue desesperante, pese al calor que cayó sin misericordia, en varios puntos de la explanda del zócalo capitalino había entretenimientos, como las enormes botagas de AMLO, aunque la mayor parte de la atención estaba centrada en los grupos musiciales.

La gente procedía de todas partes del suelo mexicano, gradualmente llenaron el lugar; de pronto, ahí estabamos todos, desde los Baja California hasta los de Yucatán, pasando por los de Michoacán, en ese momento éramos uno solo. Valeía la pena estar ahí, incluso hasta como observador, como testigo.