Tzintzuntzan, la soberbia exhibición de dolor

Imagen Acueducto Online/Martín Equihua

Tzintzuntzan, Mich. | Martín Equihua/Acueducto Online.- La esquelética estructura de lo que fue el Hospital de Indios recibe a los penitentes de grilletes, quienes ofrecen su sacrificio a cambio de ser perdonados de alguna falta o para ser merecedores de algún favor santo, y enseguida peregrinarán por el Atrio de los Olivos, mientras llega la hora del juicio que condenará a Jesús de Nazaret.

El atrio se va poblando poco a poco, una vez más, como desde los primeros días de la conquista espiritual católica. Los penitentes con grilletes sujetos a sus pies recorren el gran escenario, pidiendo limosna, mientras van llegando los otros, los que azotarán sus espaldas con correas terminadas en puntas de clavos, para pagar mandas por faltas cometidas al decálogo u otra disposición moral cristiana,

El atrio va colmándose con familias enteras que han traído tapetes y carriolas, hieleras y fruta, preparados para gastar su día ante la carcasa de los olivos que habrían sido plantados por el mismísimo Vasco de Quiroga, de quien la historia oficial acostumbró a inflar sus méritos.

La conmemoración de este año, a decir del párroco del lugar, tiene una chispa emotiva especial, tras dos años de pandemia y en medio de un clima de violencia que no cesa, y daría cuenta de una acentuada devoción que se aprecia en cada par de ojos que se posa sobre la imagen del Santo Entierro que, para otros, fuera de este credo, no es más que una simple figura de pasta de caña de maíz.

Durante la representación del juicio, el cuadro de actores recordará aquellos pasajes clave, como el lavado de manos del gobernador romano de la provincia de Judea, Poncho Pilatos, quien no encuentra culpa, y menos aún, causa para otorgar sentencia de muerte al judío que se proclama el mesías esperado, el hijo de dios y otras nada evidentes cualidades, por lo que concluye que no es más que un loco deschavetado. El Sanedrín, la jerarquía religiosa judía, en cambio veía una amenaza real a su poder en aquel hijo de carpintero, por lo potente que ya entonces resultaba la novedad de su mensaje de amor y paz. Veía la efervescencia que Jesús provocaba, y por eso insistirá hasta que el gobernador conceda a regañadientes la sentencia para que el personaje bíblico sea colgado junto a dos célebres ladrones.

El joven actor que encarna a Cristo hará una soberbia representación de dolor, sin salir de su papel un solo instante, ante la mirada atónita de cientos, miles, de espectadores abrumados por tanto sufrimiento que recorre el atrio del antiguo Convento de Santa Ana.

Las burlas al presunto mesías lastiman a mucha gente; las carcajadas por el rey sin reino, por el hijo de un dios mal padre que lo abandona a su suerte, provocan dolor y, al fin de cuentas, como se estimó desde un principio con las representaciones evangélicas, contribuye a afianzar la adhesión de los creyentes.