Morelia/Redacción
En Tzintzuntzan, pueblo mágico purépecha, los hombres se visten con manta blanca, amarrada con un lazo a la altura de la cintura, se ponen grilletes en los pies y se cubren el rostro con improvisadas capuchas para resarcir con dolor lo dado por su Dios, por lo que le pidieron y les dio.

Caminan descalzos frente a los devotos, a los curiosos, a los que pasan por su lado mirándolo con cierto dejo de sentimiento, al verlos sangrar de los pies, por esos pesados y hasta, a veces, viejos grilletes, pero no solo eso sino también por los impactos en la espalda de un cordel con clavos que ellos hacen mismo girar.

Sin embargo, por igual están los otros penitentes, aquellos que decidieron cargar una gran cruz de madera, casi con la misma indumentaria a la de los grilletes. Y, ellos, los de los grilletes y los de las cruces, recorren, recorren, no una, sino varias veces el amplio atrio de la principal iglesia, situada en lo que fuera el imperio purépecha.




