Turicuaro, pueblo temido

Morelia/Redacción

El periódico español El País publico este jueves un reportaje sobre Turícuaro, un pueblo de escasos tres mil habitantes ubicado en el municipio de Nahuatzen y del cual no saben ni siquiera los michoacanos.
Sin embargo, el tabloide europeo lo destaca como un pueblo al que el propio gobierno teme.
El motivo es que sirve como un gigantesco estacionamiento para los vehículos que los estudiantes normalistas secuestran y que los comuneros cuidan para evitar que sean recuperados.
A continuación el texto íntegro del periodista Juan Martínez Ahrens:

“Que en parte de México el Estado es una ficción se puede explicar de muchas maneras. Una de ellas es tomar un coche y visitar la aparentemente idílica aldea de Turícuaro (3.000 habitantes), en el corazón del volcánico estado de Michoacán. Pueblo indígena, regido por usos y costumbres ancestrales, este enclave de carreteras sinuosas y espléndidos oyameles, vive fuera de la ley. O mejor dicho, sin importarle la ley. Desde hace cuatro meses, exhibe en sus calles, plazas y explanadas el cuerpo de un delito flagrante. Son decenas y decenas de autobuses, camiones, trailers y furgonetas secuestrados por los estudiantes normalistas en su pulso contra la reforma educativa. Todo un botín de guerra ante el que las autoridades miran hacia otro lado.

Nadie puede acercarse a los vehículos, nadie puede sacarlos. Da igual que sus empresas los reclamen o que sus conductores languidezcan durante meses junto a ellos. Si alguien intenta llevárselos, la amenaza es la hoguera. “De aquí no se mueven hasta que el Estado represor no se siente a negociar”, brama con desconfianza el líder de la patrulla comunal que vigila los transportes.

El somatén la forman unas 15 comuneros y vecinos. Hay de todo. Desde adolescentes de pelo desgreñado hasta ancianos con la vida diluida en el rostro. Miran con desconfianza al periodista y más aún al fotógrafo, a quien han rodeado mientras tomaba imágenes de los transportes. No les gustan las visitas.

“Estamos en lucha, los normalistas no están solos, su causa es la nuestra. Sólo si el Gobierno se sienta a negociar, liberaremos los vehículos, pero, atención, ya no confiamos en nadie”, zanja el comunero-jefe. A su espalda, una larga fila de transportes recorta el horizonte. Algunos tienen los cristales rotos, otros están hundidos en el barro. En su día llevaban cemento, gasolina, frutas, coca-cola, paquetería, pasajeros… Ahora están varados en tierra hostil. “Y vendrá más si no cumplen lo que pedimos”, grita uno de los vigilantes.