Morelia, Michoacán | ACG.- Entre el aroma de la madera recién trabajada y el sonido de la hachuela golpeando los troncos en San Juan Nuevo Parangaricutiro, una tradición familiar busca sobrevivir al paso del tiempo.
Jesús Primitivo, Manuel Basilio y Javier Aguilar Toral mantienen vivo el oficio de elaborar máscaras de madera que dan rostro a danzas tradicionales como los kúrpites, los viejitos, los diablos, los negritos y las maringuías.
En Morelia, frente a la Casa de las Artesanías, los tres hermanos muestran piezas que no solo representan rostros tallados en madera, sino décadas de aprendizaje transmitido por su padre, quien convirtió un oficio iniciado por necesidad comunitaria en un legado familiar.
Aunque los tres aprendieron bajo la misma enseñanza, ninguna máscara resulta igual a otra. Cada pieza conserva la técnica heredada, pero también la personalidad de quien la talla.


Jesús mantiene principalmente el uso de la hachuela, una herramienta con la que da forma a la madera a partir de la experiencia y la observación, sin depender de trazos previos para definir cada detalle.
Manuel explica que el proceso comienza mucho antes de que aparezca un rostro. Primero hay que imaginar la figura dentro del trozo de madera y después retirar poco a poco el material hasta encontrar la expresión que busca el artesano.
“Cada pieza, aunque son del mismo taller, sale diferente. Cada quien le pone su toque, la mano, cada quien tiene una mentalidad y gustos diferentes, a pesar de que nos enseñó el mismo maestro”.
La elaboración depende de la complejidad de cada obra. Las piezas destinadas a concursos y exposiciones pueden requerir entre dos y seis meses de trabajo, mientras que las máscaras comerciales o por encargo tienen costos que van de los 3 mil hasta los 20 mil pesos, según la técnica y los detalles solicitados.
Máscaras que llevan la danza de San Juan Nuevo a otros lugares
Las manos de los hermanos Aguilar Toral no solo crean piezas para las festividades locales. Sus máscaras han acompañado expresiones tradicionales de distintas regiones y les han permitido obtener reconocimientos dentro y fuera de Michoacán.
Una de sus mayores exigencias técnicas está en la elaboración de maringuías, debido a la precisión que requieren las facciones femeninas.


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Jesús recuerda que la talla de máscaras también le abrió caminos fuera del estado. Ha participado en encuentros artesanales en Perú y Ecuador, además de obtener el primer lugar nacional en el Gran Premio de Arte Popular con una pieza de un negrito.
“Yo nunca me imaginé que por medio de ellos iba a ir a otros países. Es una satisfacción inmensa presumir con orgullo lo que hacemos en Michoacán, lo que nuestro padre nos enseñó y nuestra riqueza cultural”.
Un oficio aprendido desde la infancia
La historia de los hermanos con la madera comenzó cuando eran niños. Desde entonces observaban a su padre trabajar en el taller familiar, aunque tuvieron que esperar para utilizar herramientas como las gubias y comenzar a intervenir directamente las piezas.
Actualmente suman alrededor de 15 años dedicados formalmente al oficio de maestros mascareros, aunque su relación con la madera forma parte de toda su vida.
El origen de la tradición familiar se remonta a la juventud de su padre, quien elaboró su primera máscara para participar en la danza de San Juan Nuevo. Con el tiempo, vecinos de la comunidad comenzaron a solicitarle piezas hasta convertir aquel trabajo inicial en una actividad permanente.


Con el paso de los años, varios antiguos artesanos de la comunidad dejaron el oficio, por lo que la familia Aguilar Toral se convirtió en uno de los principales referentes para conservar esta técnica.
“Si mi papá no hubiera optado por seguir este oficio, ya se hubiera perdido en San Juan. Ya tuviéramos que ir a otras comunidades a conseguir las máscaras para bailar esta danza”.
La batalla para que la máscara no desaparezca
Para evitar que el conocimiento termine con su generación, los hermanos han buscado acercar la talla en madera a niños y jóvenes mediante talleres y actividades en la casa de la cultura local.
También reciben visitas escolares en su taller, donde muestran el proceso de elaboración y explican la importancia de conservar una tradición ligada a la identidad de San Juan Nuevo.
Sin embargo, reconocen que cada vez son menos los jóvenes interesados en aprender un oficio que exige paciencia, disciplina y años de práctica.


Para los Aguilar Toral, la máscara y la danza forman parte de una misma historia. Una no existe sin la otra: la madera adquiere sentido cuando acompaña los pasos, la música y las celebraciones de su comunidad.
Jesús sabe que ningún artesano es eterno y que el verdadero desafío es dejar alguien que continúe el camino iniciado por su padre.
“Uno no va a ser eterno. Hay que dejar para que ellos sigan y continúen este gran legado, que es la talla de las máscaras”.
Entre bloques de madera, herramientas desgastadas y rostros que comienzan a aparecer bajo sus manos, los tres hermanos mantienen una tradición que no solo se talla: también se hereda.





