Editorial
La designación -como precandidtato al Gobierno de Michoacán- de Carlos Torres Piña rumbo al 2027 consolida el peso de la estructura oficialista, pero evidencia las fisuras de un partido subordinado al diseño del centro. Su ventaja en las encuestas responde al cobijo institucional más que a un liderazgo de consenso absoluto.
La forzada disciplina de quien se quedó en el camino, de Raúl Morón Orozco, desactiva temporalmente el fantasma de una ruptura abierta en la izquierda. Más allá de eso, con o sin el bloque moronista, el todavía fiscal con licencia conserva posibilidades de triunfo derivado de la inercia de una marca partidista que hoy pesa más que cualquier candidato.
Sin embargo, ganar la contienda en las urnas, en las elecciones locales del 2027, no borra el resentimiento de las bases radicales moronistas que ven con recelo este relevo. El verdadero peligro para Torres Piña no habita en la oposición externa, sino en la apatía y los «brazos caídos» que pudieran caer en cascada en el propio movimiento.
Y es que la simulación y el cobro de facturas entre morenistas, principalmente entre moronistas contra bedollistas, obligarán a una costosa operación cicatriz que condicionará el reparto de las candidaturas locales. El camino guinda a la gubernatura parece resuelto en el papel, pero la cohesión interna sigue siendo una asignatura pendiente y bajo sospecha.





