Morelia, Mich./Xana Zamudio.- “Para educar no necesito licencias ni permisos, sólo abrir el corazón verdaderamente a los alumnos”, comparte en el Día del Maestro, Ricardo García, un andador de la docencia de aquí y de allá.
Ricardo es un hombre de 62 años que empezó a incursionar como maestro desde temprana edad en el nivel básico, impartiendo clases de educación física para después compartir sus conocimientos a nivel superior sobre ciencias sociales, pedagogía y filosofía, entre otras disciplinas.
“En las primeras etapas de docente asalariado estás ‘muy verde’, piensas, ‘debo mantener el grupo de alumnos-estudiantes ocupado en algo que los controle’, es decir, sumarte al trabajo social de mantener el ‘orden’”, comenta.

Continúa, “otra preocupación es que no se te accidente alguien en clase, mental o físicamente. Si de repente te das cuenta que tienes algún niño o joven ‘fuera de lo normal’, te alarmas”.
Y, aunque comenta que trabajar con alumnos más inquietos que otros no resultó fácil, todas sus experiencias sembraron en él una labor necesaria de introspección:
“Sientes una felicidad enorme, y no sabes bien de dónde viene y tampoco a dónde va, no sabes si deberías alegrarte que tus alumnos te repliquen o desafíen, entonces no sabes muy bien por dónde poner ese ‘gustito’ malévolo de sentirte ‘poderoso’, dado que te das cuenta que influyes en lo que está enfrente”.

“También está la experiencia maravillosa de que, aunque no quieras las vivencias, cada vez más te exponen a ser tal y como realmente eres como persona y como ser humano, y, ¡esto es una cosa muy fuerte existencialmente!”, comparte.
Su colaboración con “chavos banda”, como él mismo los nombra, en las diferentes zonas recias de la República como Oaxaca, Chiapas y Tepoztlán, han expandido su visión sobre la docencia y, comparte, ha ampliado el significado sobre la misión del impartidor de conocimiento.

“Nuestro modelo de civilización ha considerado que se puede enseñar algo, con permiso o sin permiso; sin permiso es cuando los viejos enseñamos algo a los más jóvenes, y no hablo de edad sino de experiencia. Así, todos somos docentes en diversos momentos de la vida”, asegura.
Además, en esos lares donde fue juez y parte, también caben las claras autocríticas a través de sus experiencias en las aulas, recordando su evolución de ser docente a educador, según comenta, “mi visión y comprensión fue tornando más genuinamente humana cuando alguien de mis alumnos no pudo con mis exigencias de docente y sintió que nunca más podría hacer nada, ¡me avergüenza!”.

“…porque quizá tuvo que lidiar mucho tiempo con esos temores que yo le había hecho sentir, pero lo más cruel fue darme cuenta, yo como docente, que ni yo mismo podía con tamaños desafíos, yo mismo no podía recordar, aprender, comprender, aplicar y resolver problemas de la vida sin ese miedo o temor”.
Ahora que las vivencias han dejado nuevos aprendizajes y dado algunos frutos, dice sentirse agradecido y celebrar el Día del Maestro en cada una de sus actividades.
También asegura que ejercer la profesión lo hace sentirse útil en la sociedad desde donde se permite interiorizarse y, donde asegura, surge lo más maravilloso y sublime de la encarnación de la conciencia humana.

“En estos momentos de mi vida, me dejo y me suelto frente a mis compañeros alumnos, e intento temblar y rascarme la panza, si me place, sin miedo a que me quiten el título de docente”.
«¡Llevo 15 años celebrando y no paro!», presume para establecer que, «ser educador es una manera de vivir. Lo celebro, porque en ello encuentro mi ser mismo. Procuro honrar mi camino de guía, acompañante, investigador y protector».

Finalmente, puntualiza que para las nuevas generaciones de educadores no hay consejo alguno por su parte, “eso es de eruditos y terapeutas, yo sólo soy educador, bebo la vida despacio y con alegría, me encanta lo que los jóvenes hacen cuando dejan de copia los pasos de otros, ¡justo cuando la sospecha se hace chispa y la inteligencia espíritu”.





