Sin remitente

Morelia, Mich./Xana Zamudio.- Facturas, cartas de recomendación, condolencias y cartas de amor, son las letras que José María, el escribano, elabora desde su máquina de escribir en el ahora espacio gastronómico del templo de San Agustín.


Sin miedo a la pandemia y sin escritorio donde apoyarse, espera con paciencia, esa virtud desarrollada durante sus 70 años de edad, los escasos clientes que quedan.

“El terreno de la pandemia es muy complejo, el cubrebocas yo acá lo tengo, pero no lo uso”, dice mientras saca de entre las bolsas de su camisa gastada un cubrebocas roto.


“Esto hace mal, le roba a uno el oxígeno del cerebro, es malo andar tapándose con esta pendejeda”.


Mientras espera, los caminantes de los alrededores, pasan presurosos a sus labores, algunos se detienen a preguntarle por la ubicación de ciertas calles o negocio de la redonda, pero ya casi nadie pregunta por las cartas de amor.


“Yo creo en el amor, pero no creo que una mujer tenga que ser la criada, no. Pero eso sí, es mejor hacer vida con una mujer algo fellita, pa’ que a nadie más le guste.
A mí me tocó una bien parecida y se fue con otro”.


De arrugas pronunciadas y zapatos sin bolear, el escribano, es el único que queda de los más de 15 que dice trabajaban en ese lugar, cuando la gente sí escribía cartas y solicitaba la elaboración de documentos importantes.

Ya poco queda de ese hombre solitario y de su letra marcada, pues hay días en que no hay nada para trabajar, nadita de nada.


“Mi madre murió hace poco a los 91 años de un paro al corazón. Ella no pudo estudiar, pero era inteligente, como la gente del campo de donde yo soy”.


Queda pensativo ante el abecedario de las teclas y dice, como pensando en voz alta, “mi sueño siempre fue escribirle a mi madre, pero no sabía leer”.