Sin la otra mirada

Paracho, Michoacán/Samuel Ponce Morales

En esta parte de la Meseta Purépecha, en los últimos días de este mes de julio, por las mañanas, el cielo ha dejado de aborregarse, de  entrelazarse juguetonamente, de mirarse entre un bello azul y en un blanco sin moteados a la vista.

Hoy, en un sábado no cualquiera, el cielo se sitúa  horizontalmente nublado, pero haciendo un extraño paréntesis para coquetear con el Dios Tláloc y lo logra, la lluvia espera. No, no hace un desesperado frío y si un fresco instante.

Un sábado al cual arriban centenas de extraños, de visitantes, no para adentrarse al mundo místico del lugar, sino para recrearse en la suspirante, aunque breve, elevación de coloridos globos de cantoya, cuyas figuras suelen ser enormes tatuajes.

Hoy, como ayer y como mañana, hasta sumar 72 horas, lo emblemático ha dejado de ser, la cuasi ondulante belleza guitarra puede esperar, sobre todo aquellos que como Atahualpa Yupanqui se atreven a deletrear:

“Yo camino por el mundo. Soy pobre. No tengo nada. Sólo un corazón templado, y una pasión: la guitarra”.

 

Los hacedores…

Andinos en tierra purépecha…

Los de ayer, los de hoy…

El porte de todos los días…

El cotidiano andar…

Emblemas a la vista…