Sí, las ánimas vuelven, los muertos no

Sí, las ánimas vuelven, los muertos no

Noches de ánimas
Imagen especial

Quiroga, Mich.l Martín Equihua/Acueducto Online

Soy Abelardo Padilla Mejía, acercándome a mis ochenta años de edad. He venido al viejo panteón, el atrio de nuestra iglesia, aquí, en San Jerónimo Purenchécuaro, mi pueblo, a platicar sobre animecha kejtzitakua, el ceremonial con el que esperamos ansiosos la llegada de las ánimas de nuestros fallecidos.

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Sabemos que las ánimas de nuestros difuntos vuelven. Desde días antes, cuando colocamos el altar, nos damos cuenta de su presencia porque el agua de los vasos que ponemos en sus altares empieza a bajar; luego vemos sombras, siluetas que pasean por los rincones de la casa; algunas cosas se mueven, como puertas, escobas, trastes… Pero llegan también a nuestros sueños, platican con nosotros, nos preguntan por la familia, los amigos, los compadres.

Y es que, cuando el cuerpo muere, el espíritu escapa, se va a otro mundo diferente. Ya no podemos platicar directamente con ellos, pero seguimos conectados a través de nuestras almas. Por eso la gente no olvida a sus difuntos, y desde mucho antes de noviembre, empieza a decir, “híjole, ya va a regresar fulano, hay que estar listos”. Nos la pasamos hablando de ellos durante semanas, sembrando, cosechando o recolectando flores, preparando la harina del pan, el pollo o el puerco para los nacatamales… Ellos están en nuestra cabeza, en nuestra plática, en nuestras oraciones, en los preparativos, en nuestra vida diaria; y eso es volver, ¿o no?.

Imagen Adàn Morales

Por eso no los recordamos llorando, sino con alegría, porque no celebramos su muerte, a su cuerpo muerto, sino que celebramos la vida, su vida, su gozo, sus gustos en la cocina, en la bebida.

Mucha gente no entiende, pero inventa que nosotros esperamos a los muertos, pero no es así. El cuerpo se muere, se pudre y se convierte en tierra; pero su acompañante, el ánima, se va a vagar por otras dimensiones. Por eso solo vemos algunas siluetas, u oímos algunos ruidos. Pero sabemos que están con nosotros, que nos visitan, que vienen por su trago y su comida; por su frutita, sus tamalitos, su atolito. Que vienen a ver cómo nos portamos, cómo cuidamos a la familia. Para nosotros, por eso, es la noche de las ánimas, animecha kejtzitakua; y así como la recibimos de nuestros abuelos, así la queremos heredar, porque es lo que somos, y no otra cosa.

Desde siempre, montamos sus altares en la casa, donde les colocamos la ofrenda. Antes ponían milpas con elotes en la mesa, y frutos, como chayote, calabaza y otras de aquí mismo. Ahora ha cambiado un poco, con frutas de fuera, papel, coronas, arcos. Las velas ya son menos de cera, y más de parafina. Antes, todos abrían las puertas, para la gente de aquí mismo; ahora, como ya hay más curiosos que así nomás andan, las puertas abiertas son menos.

Las flores son y han sido el toque distintivo de este ceremonial. La flor de cempasúchil, la principal; pero también las flores de vara blanca, muy aromáticas; y la Santa María, que se usa mucho en septiembre, y que huele muy bien, es una rojiza con amarillo, que hasta duerme la nariz y que atrae mucho a las mariposas. También cortamos girasoles y mirasoles, que salen en sembradíos milperos; y no se diga la flor de ánima, los lirios morados u orquídeas, que durante mucho tiempo fueron las que más se ponían, tanto en el altar de casa como en el panteón.

A nuestros muertos recientes, durante tres años les celebramos novenario. En el primero, desde nueve días antes del 1 de noviembre, le hacemos ceremonias, y durante los nueve días preparamos antojitos y, ya el décimo día, hacemos una buena comida. El antojo clásico es el atole de pinole con nacatamales, que antes eran de patito negro, o de gallina de nuestros corrales, pero ahora son casi siempre de carne de puerco.

Los cuidados de la tumba antes eran muy sencillos: cuando se derramaba la tierra, se volvía a acomodar con el azadón, para que el bulto quedara bien hecho. No había lápidas y menos capillas, ni todos esos adornos que nomás nos roban espacio. Ya muertos, créanme, no ocupamos tanto de nada; con la ofrenda y el cariño, basta.

LA MUERTE PANDÉMICA

En estos tiempos de pandemia, por los más de 20 muertos que ha dejado en mi pueblo; por el miedo y la angustia en que nos hemos visto envueltos, nuestro contacto con la muerte ha sido diferente. La sentimos más real, más cercana, más amenazante. Yo en mis oraciones a la virgen y a San Jerónimo, pido que cuiden a mi esposa, a mis hijos, a mis amigos… y a todo el mundo, y que ya nos limpien de este mortífero mal que, en mis casi ochenta años de vida, no había visto jamás. Me angustia pensar, sobre todo antes de la vacuna, en un contagio, pues uno llega a sentir que la familia se le puede ir en un abrir y cerrar de ojos. ¡La muerte no es un juego!

Conocí el golpe de la huesuda desde muy niño, desde la tarde en que a mi tío Juan Mejía le arrebataron la vida, por una equivocación. Él había ido a visitar a un compadre que, para ese entonces, era coyote, y coincidió con que unos asesinos habían llegado por él, pero fue mi tío el que salió de la casa y ahí lo asesinaron por error. Pronto sonaron las campanas de la iglesia, como suenan cuando hay problemas en el pueblo; la Defensa Rural fue tras ellos, en un intercambio de plomo que permitió, finalmente, la huida de los criminales. Yo era un niño, como dije, pero sentí mucho a ese tío que nos quería tanto, que era hombre bueno y alegre, y más aún, me dolió a través del profundo dolor de mi madre, su hermana. Así probé el amargo sabor de la muerte. Recuerdo vagamente el novenario y los antojitos que preparó la familia: el caldo enchilado de pescado, la calabaza con dulce de piloncillo, el chilacayote, el mole.  

En mi vida ha habido alegrías y tristezas; y siempre he tenido el temor de morir. Antes, porque pensaba en qué sería de mis hijos si les hubiera faltado cuando eran pequeños; ahora, simplemente porque la vida es bonita, y porque es mucha alegría estar con la familia.

Estoy cerca de cumplir el medio siglo de casado. Recuerdo el día en que me robé a Sara Mónico; después, la ceremonia del perdón y la boda, tanto civil como religiosa. Duramos poco tiempo de novios, casi fue un golpe a primera vista, porque de alguna forma supe pronto que Dios tenía reservada a esa mujer para mí. Logramos cuatro hijos, y, hasta ahora, nueve nietos y dos bisnietos.

Estoy jubilado y desde que tengo memoria participo en las asambleas del pueblo y en las comisiones que éste me ha encargado. Trabajé 35 años como maestro, en comunidades de la ribera del lago, como Santa Fe, Janitzio, Ucazanaztacua, Tarerio y otras, y ahora soy locutor voluntario y promotor de Radio Purenchécuaro, la radio comunitaria.

Soy un purépecha que vive a plenitud su cultura, su lengua, el olor picante de los infinitos pétalos del cempasúchil, el vapor de los nacatamales, verdes y rojos; y que cree, y pide respeto, para nuestras ceremonias, porque las ánimas de nuestros seres queridos, llegaron ya, hace semanas, aleteando en el sinfín de mariposas blancas que, durante octubre, cubren los campos.