Lázaro Cárdenas, Mich. | Xana Zamudio.- “Quizá soy como un partero; yo soy el que entierra el nido, el que lleva la cuenta de los huevos, de cuándo van a nacer y cuando están preparados para abrirse”, dice Víctor Santos, un cuidador de las tortugas que llegan a la costa michoacana.
Desde la tenencia de Playa Azul, el señor Víctor ve llegar el sol desde el campamento tortuguero “Taracosta” donde se procura la preservación de las tortugas golfinas, laud y negra, mismas que cuida desde el cascarón.

“La primera vez que llegué al campamento, ya hace varios años, me pusieron a trabajar un año sin sueldo, para poder entrar y participar. Si uno es responsable te aceptan, si no, no”.
De porte relajado y amable, el cuidador saca los huevos de los más de cincuenta nidos del lugar, mismos que se van llenando conforme las madres tortugas arriban a la orilla.

“Los pájaros, los perros y los cangrejos son los principales depredadores, aunque nomás se llevan el cascarón. Pero también hay que cuidar los huevos de la gente que se los come”, señala preocupado.
En una cubeta coloca cuidadosamente las crías recién nacidas, para luego llevarlas hasta una tina más grande, donde se quedarán hasta que vayan tomando la fuerza que las impulsará al mar.

“Nacen como muertas, pero como en 15 minutos ya están inquietas”, dice mientras se prepara para la liberación de 700 tortugas golfinas junto con algunos turistas deseosos de vivir la experiencia.
A unos pasos de la orilla, se detiene frente el vaivén de las olas. Las pequeñas se agitan el rugir del mar. “Todas se liberan, ya en el agua, sólo ellas y Dios saben cuánto viven…”





