¡Qué descalabradota…!

Imagen: Enrique Castro

Morelia/Vianey J. Cervantes

La catedral de Morelia se encontraba con las puertas principales completamente abiertas, en toda su majestuosa altura, como solo en ocasiones especiales suele estar. Al interior, albergaba a más de un centenar de almas, todas ellas en espera de una experiencia religiosa, del nombramiento oficial del Arzobispo de una ciudad católica, de la entrega del Palio arzobispal al monseñor Carlos Garfias Merlos.

De rostro redondo, nervioso y con gruesas gotas de sudor, Garfias Merlos miraba a los feligreses que asistieron a tan solemne ceremonia. A los pies del altar, a la derecha, se encontraban el gobernador del estado, Silvano Aureoles Conejo, el alcalde moreliano Alfonso Martínez, su esposa Paola Delgadillo, el secretario de Seguridad Pública en el estado, Bernardo Corona Martínez y Pascual Sigala Páez, presidente del Congreso del Estado. A la izquierda, una decena de cámaras capturaban el ir y venir de la ceremonia.

Únicamente la nave central de la hermosa catedral moreliana se encontraba libre, a la derecha y a la izquierda, apenas había espacio, pedacitos que se llenaban con el sonido melódico del magnánimo órgano de 4600 flautas. En cada uno de los pilares de cantera, un arreglo de flores blancas decoraba, purificaba la imagen y daba un aroma ceremonioso, al menos media docena de pantallas transmitían a los feligreses lo que pasaba en el altar.

En las bancas de madera, se mezclaban niños, mujeres, ancianos… con ropajes blancos y largos, miradas piadosas y una fe descomunal, se distinguían del resto los obispos, sacerdotes, los diáconos, las decenas de monjas con sus ropajes de color café o gris que observaban en silencio la ceremonia. La voz del nuncio apostólico, Franco Coppola, impregnaba el lugar. Su llamado a los padres a cuidar a los hijos, como un pastor de sus ovejas, impactó a más de uno de los asistentes. Una mujer de camisa roja susurró “¡qué descalabradota!”, girando la cabeza y cubriendo su boca, como si no quisiera que la figura de Jesucristo la escuchará.

Se pone de pie Carlos Garfias, con él, la multitud se levanta como una ola, siguiendo una orden invisible que les dicta la fe y la costumbre. Un monaguillo le seca el sudor del rostro, y recita unas palabras que los feligreses responden, una frase: “señor, ten piedad de nosotros…”, se escucha al unísono. A su silencio, respondía el órgano, con solemne melodía que rememoraba mejores tiempos para la Iglesia católica.

El color dorado, el blanco, inundaban los ojos de quienes se encontraban presentes. Las figuras religiosas que se postraban en los altares brillaban, reflejando los enormes candelabros que colgaban del techo. Al momento de la eucaristía, los diáconos se pusieron de pie, con el brazo al frente, emulando a Garfias, de cuya espalda comenzaron su marcha los sacerdotes, que salieron por la nave central hacia los pasillos laterales, ante largas filas de feligreses listos para decir “amén”, ante el cuerpo de Cristo.

Fue al inicio de esta ceremonia cuando se le entregó la indumentaria. Ante los cientos que acudieron para ser testigos de la entrega del Palio, un ornamento con la forma de una faja circular y de la cual penden dos tiras rectangulares, destacándose de ella cinco cruces de seda de color negro. Ante la oración de Franco Coppola, Carlos Garfias se arrodilló, tomó el juramento como arzobispo, y fue colocado en sus hombros el peso simbólico de su rebaño, llamado Morelia… Ante quienes brindó, su primera misa como el líder religioso de la Arquidiócesis de una ciudad de cantera rosa.