Morelia. Mich. / Zaira Santana. – Una pandemia no es suficiente para el viejo valor michoacano; a pesar de la enfermedad que azota al mundo en estos momentos, las plazas y calles de Pátzcuaro, pueblo mágico michoacano por excelencia, se encontraban rebosantes de familias.
La que fuere la antigua capital del estado, cuna de hospitales, como el Santa Marta, que además de sanatorio, fungió como refugio espiritual para los p’urhepechas de esa época, así como del Colegio de San Nicolás Obispo, ambos fundados por “Tata Vasco”, el día de hoy se encuentra en aras de recuperación en el ámbito económico tras el golpe del COVID-19.
Al llegar pudimos ver a mujeres, niños y hombres caminando sin temor por las calles de piedra o disfrutando del caluroso día, con un endeble cubrebocas como escudo protector y en algunos casos, hubo otros más osados realizaban sus actividades diarias sin protección alguna, ¡como disfrutar una nieve en los portales, acompañados de un grupo de amigos!

Pese a que las autoridades acordonaron la emblemática plaza Vasco de Quiroga, dedicada al primer obispo de Michoacán y por la cual lleva el nombre, las personas iban y venían como si nada; los vendedores ambulantes estaban puntuales en cada esquina, como ya es costumbre y la vida parecía seguir su curso natural.

Imagen: Julieta Coria 
En la plaza Gertrudis Bocanegra, la segunda más importante del lugar, la indolencia ante la crisis sanitaria se hizo más presente al percatarnos que el cordón sanitario había sido retirado por los lugareños y prácticamente no había banca que no estuviera ocupada por algún ciudadano. No solo estaba abarrotada por las familias, sino que también había vendedores ambulantes por doquier.

Imagen: Julieta Coria 
En contra parte, estaba el mercadito local que nos recuerda, con vallas y vigilantes, que la pandemia no se ha ido, pues la entrada y la salida se encuentran restringidas y controladas con la finalidad de tener un mejor flujo de usuarios. Nos dicen los vigilantes que los menores de 12 años, las mujeres embarazadas y quien no porte cubrebocas no podrá entrar, sin excepción.
Caminando por los portales nos encontramos con José Adrián, quien atiende la Nevería Lupita y nos comenta, con un gesto de alivio, que las ventas han ido mejorando poco a poco, pero que tres meses atrás vivieron tiempos complicados al no haber mucha afluencia de comensales.

Imagen: Julieta Coria 
Comenta el joven de la importancia que tienen los eventos culturales y los restaurantes del lugar, ya que son estos, los que “jalan” más clientes para las pequeñas neverías que se encuentran a un costado de los portales.
La pequeña ciudad,

corazón de la zona lacustre que en su momento basara su economía en la pesca, ahora depende en gran parte de la elaboración de artesanías y por ende del turismo al ser una joya arquitectónica colonial, que reúne los requisitos necesarios para ser uno de los destinos favoritos en Michoacán, por lo que los lugareños esperan con ansias que se reestablezca el flujo de turistas.
Nuestro recorrido terminó donde empezó, y escuchando por última vez los altavoces de la plaza Vasco de Quiroga, en los que se anuncian constantemente las medidas preventivas contra el COVID-19, nos despedimos una vez más del pueblo mágico.










