Morelia, Mich./Xana Zamudio.- “¿Lo de usted va a ser curriculum?”, dice el escribano mientras busca las hojas blancas para colocarlas en su máquina de escribir. Comento que el trabajo es sencillo, que deseo la transcripción de una carta para una amiga del extranjero.
Sin procurar contacto visual, estira la mano, como esperando el documento. Le muestro mi móvil para darle a conocer la carta que requiero.
“Vamos a hacer las cosas con experiencia, ya hay lugares donde esto te lo sacan ya en una hoja, vaya y pida que le hagan la letra más grande y me lo trae”, ordena el escribano, buscando las mejores palabras para que note su deficiencia visual y su modesto uso de la tecnología.
“O, si quiere, me lo va dictando”, me propone.
Sin ir más lejos, le solicito el precio por dos cuartillas, pero se niega a hacer una aproximación, “es que, si fuera un curriculum, eso es más fácil”, titubea y confiesa que en seguida hará un trabajo que le llevará toda la mañana, por lo menos hasta la una de la tarde, hora del término de su jornada de trabajo.
Como es viernes, y los fines de semana son sagrados, dice, “regrese el lunes, no le doy la hora, pero aquí estoy con el permiso del señor”.
“Yo no tengo un curriculum, pero sé que, si te pasas la vida pensando que vas a hacer esto o aquello, no se hace por equis, no falta qué. Por eso yo no le doy una hora, yo sólo trabajo con el permiso del señor. Vuelva el lunes”.





