Morelia, Mich./Xana Zamudio.-
“Yo mismo vi cómo mi mano quedó como mordida por un cocodrilo”, relata el pirotécnico Raúl Juárez, quien porta el orgullo de haber nacido entre una batea de pólvora.
Fueron sus bisabuelos quienes forjaron camino en el quehacer pirotécnico cinco generaciones atrás, heredando una tradición familiar que, asegura, sigue ejerciendo en compañía de sus sobrinos pese a la pérdida de su mano izquierda.

“En la pirotecnia manejamos cloratos, diferentes aluminios, lo más peligroso que tenemos en este trabajo es un componente llamado detonante, es el que hace que truene un cuete”.
Era la mañana del veintiuno de junio de hace años, cuando Raúl llevaba su faena entre la cotidiana pólvora y demás instrumentos de labranza y un accidente cambió su vida para siempre.
“Raspé el detonante de una forma irresponsable, apresurada, y fue que se hizo la chispa. Cuando pasó eso, se me paró el mundo. Empecé a ver cómo suavemente se iba expandiendo, entonces agarré la mesa donde estaba la pólvora y la aventé, fue mi mano que me salvó la vida”.
Continúa entre sollozos, “son fracciones de segundo; en ese momento, detonó toda mi pirotecnia y es cuando ya me voló la mano”.
Entre el inevitable estallido, Raúl, estremecido entre las lágrimas por el recuerdo, cuenta cómo al instante pudo sentir la gracia de la vida en medio del desastre.
“Cuando iba en la ambulancia rumbo al hospital, dije, ‘ya no me morí, soy la persona más desgraciada de la tierra y la más feliz al mismo tiempo porque tengo vida”.







