Mi amigo el sicario

Foto: endescontrucción

Morelia/ Hugo Villegas-Santibáñez

Eran las nueve de la noche, caminaba por una calle semioscura  de la colonia donde crecí cuando escuche una voz que mencionaba mi nombre, provenía de una persona que se encontraba sentada afuera de un “changarro”. Me acerque con la curiosidad de saber quién me llamaba, se trataba de un amigo de la infancia que había dejado de ver por más de tres décadas.

El gusto de vernos después de tanto tiempo me hizo sentarme junto a él. Mi amigo tomaba una cerveza, se notaba contento, muy atento y respetuoso  con los vecinos que pasan por ahí pues también había crecido en esas calles de tierra, ahora ya pavimentadas. Muchos años habían pasado y, desde mi impresión, seguía siendo la misma persona que había conocido. No noté nada extraordinario, era como cualquier otro vecino o conocido del vecindario.

La conversación se centró en la nostalgia de nuestra infancia, cuando llevábamos la comida al potrero donde sembraban nuestros progenitores maíz y ajonjolí. Aunque éramos pequeños ayudábamos en las tareas del campo pero, al mismo tiempo aprovechábamos cada momento para divertirnos correteando las lagartijas por los surcos recién labrados.

Después de recordar aquellos tiempos lejanos, surgieron las interrogantes ¿qué has hecho todos estos años? ¿Dónde has estado? Me fui al “norte” como muchos paisanos, me contestó. Estuve en Texas viviendo hasta 2012 cuando fui deportado a mi país después de haber purgado una condena de nueve años en una prisión federal estadounidense, terminó diciendo.

Domina el idioma inglés, tiene un nivel educativo medio superior, de oficio cocinero, sin embargo, no encontró una oportunidad laboral que le permitiera una forma honesta de vivir. Ausente por muchos años del lugar de origen, sin familia, sin un hogar ni nexos laborales la delincuencia organizada le brindó el empleo que necesitaba: formar parte de un grupo armado para defender “la plaza” de los grupos antagónicos.

Las estadísticas del Departamento de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE por sus siglas en inglés) muestran que en el año fiscal 2015 hubo 235,413 personas deportadas, 146,413 eran mexicanas. De esta cantidad, 59% estaban considerados como criminales convictos o sospechosos de pertenecer a alguna banda criminal.

Las autoridades americanas se han enfocado en los últimos cinco años a deportar los extranjeros con algún tipo de antecedentes penales. Esto afecta directamente a México por ser el país con la mayor cantidad de migrantes en el vecino del norte. Aunado a lo anterior, se vislumbra un panorama desolador con la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos.

Por esta razón, es urgente el diseño de programas institucionales eficientes para este grupo de deportados en específico. Si bien, la Secretaría del Trabajo y Prestación Social (STyPS) a través del Sistema Nacional de Empleo (SNE) ha implementado el programa “Repatriados Trabajando” para apoyar los connacionales a su llegada al país, esta ayuda no resuelve el problema de fondo.

El constante arribo de compatriotas deportados requiere de una coordinación de las diferentes dependencias de gobierno para enfrentar la compleja situación ante el inminente incremento. La tarea inmediata es buscar las estrategias adecuadas o muchos repatriados podrían seguir engrosando las filas de las células delincuenciales.