Morelia/Vianey J. Cervantes
La sala semivacía inmediatamente recordó la poca importancia que los mexicanos le damos al arte. Eran alrededor de cincuenta personas reunidas en la sala del Centro Cultural Clavijero; afuera, alumnos entusiastas recibían a los asistentes con una sonrisa emocionada, un folder verde, un panfleto y desde luego, las hojas en blanco para dejar volar la imaginación.
“Bienvenidos a Morelia, y bienvenidos a La Michoacana”, así se dio la bienvenida a los asistentes al IV Simposio Internacional De la tipografía al libro-arte, y a algunas panelistas que venían de escuelas de Canadá y Estados Unidos. En la pared blanca del fondo se vislumbraban unas letras de una marca, en esa misma pared se dio la siguiente proyección.
Ioulia Akhmadeeva comenzó la presentación, sin embargo, muy al estilo ruso, sacó su móvil para checar la hora, lo miró con una pequeña sonrisa y dijo, en un curvo español: “eh… ¿me podrían dar la hora?, el mío está quince minutos adelantado”, miró a la audiencia y ellos rieron. Eran las 9:32 am cuando se dio por inaugurado el cuarto simposio, el primero de ellos en realizarse en Michoacán, los anteriores habían sido en Ciudad Juárez.
La primera ponencia estuvo a cargo de la Dra. Heather Green, quien venía del Herberger Institute School of Art, de Arizona, en Estados Unidos. Sus primeras palabras fueron para disculparse por su mal español, lo cual era cierto, pues era bastante complicado entender lo que decía; sin embargo, las imágenes que mostraba dejaban, en algunos casos, todo dicho.
Las maravillosas (así las consideré) obras literarias que habían creado los alumnos eran de sobra creativas y de cierta forma espirituales. Largos tejidos que representaban una vida completa, piezas de colores que rememoraban los sitios donde había vivido, un libro llamado “tiempo” capturó mi atención de forma particular.
A esta creadora le vino a la mente la fragilidad, por tanto, creó un estante de hielo donde colocó una pequeña taza de té caliente, la cual quedó hecho añicos en el suelo cuando el hielo, frágil y efímero, se convirtió en agua, como una analogía de la existencia del hombre, siempre volvemos al origen, “polvo eras, polvo serás…”
Entre las otras obras impresionantes, permanecen en mi memoria aquellas donde una chica enterró libros, los regaba cada día como si el agua fuera una necesidad; poco a poco las palabras le dieron lugar al musgo y se fueron borrando ante el poder de la tierra; otra persona tomó la decisión de reunir los diarios de más de ochenta de vida de su tío abuelo, y unirlos en un ciclo en forma de dominó.
La ponencia continuó, las fotografías que se dibujaban en la blanca pared era un recordatorio de los límites impuestos por lo tradicional y lo cómodo que resulta, cuando tenemos en nuestra mente un millón de ideas esperando emerger y tomar el lugar de lo conocido. Es por esto que estos simposios me parecen tan singulares. Un espacio de creación, de expansión de los límites de la tradición hacia el camino del diseño, hacer de la literatura una expresión de arte más poderosa por la unión de la imaginación y lo visual.
Texturas, colores, formas, profundidad, manchas, destrucción… uniendo en un sincretismo visual un conjunto de ideologías que se entretejen con la cultura y una peculiar forma de ver la vida. La Dra. Green permaneció en su sitio, narrando lo que aparecía en las imágenes, los interesados continuaron en su ponencia, yo cruce la enorme puerta de madera, la cantera reflejaba con fuerza el sol, y, luego de alejarme de la oscuridad de la sala, mis ojos solo podían ver un amarillo brillante que lo cubría todo.





