Los rostros de Semana Santa

Imagen: Especial

Morelia/Erick Alba

El estado de Michoacán llega al primero de sus dos paroxismos culturales y turísticos anuales, el de Semana Santa antes que el de Noche de Muertos, y con ello se desata el muestrario sincretista que encierra su historia y sus costumbres, su religión entendida desde el indigenismo y el arribo de visitantes que, ciertamente, se muestran cada vez más respetuosos y receptivos.

Desde las Procesiones del Silencio que al desarrollarse en las principales urbes del estado tienen mayores reflectores, hasta el caminar con grilletes originales de la etapa colonial mexicana y que son celosamente resguardados por Concejos de Ancianos en comunidades de ascendencia purépecha, se conforma el vitral michoacano policromático del punto álgido juedeo-cristiano.

Así, el Museo del Estado, en la ciudad de Morelia, muestra por ahora el Altar de Dolores, una tradición moreliana que alcanzó esplendor en el siglo XIX antes de decaer y de robustecerse de nuevo en el ocaso del XX.

Al mismo tiempo, Tarímbaro cruzó ya por la danza callejera de algunos de los más vistosos Toritos de Petate michoacanos, junto a los de Charo, aunque en el primer caso la tradición se acerca a lo gastronómico con su tradicional pulque.

Tlalpujahua, por su parte, mezcla con fundamentada vanidad sus reliquias religiosas resguardadas desde el siglo XVI, pero que en su caso mantiene presente la tradición productiva que surge de la minería, la talla en cantera y el vidrio soplado que le conformó la identidad desde hace bastantes décadas.

Sin desestimar la reverencia a otras tradiciones, la Procesión del Silencio en Morelia sea tal vez una de las de más profundas significaciones pues la condensación cultural, pues raya en lo poético de la Iberia a través de las saetas pronunciadas de balcón en balcón, en la reverencia por medio de la oscuridad que inunda las calles del Centro Histórico, y en la sumisión del anonimato en que se envuelven  los cófrades.

Pero también está la otra cara de la tradición, la de la curiosidad que atraen los reclusos de distintas penitenciarías por la manera en que viven su religiosidad: con procesiones en que participan como ovejas descarriadas y confesas pero que con su participación redimen su propia conciencia.

O la del Via Crucis pueblerino en que los procesionarios, en su papel deCristos o Soldados Romanos, purgan sus propias diferencias: Todavía persiste la anécdota en que el Cristo de algún poblado michoacano, hizo a un lado la Cruz para liarse con el romano que latigueaba su espalda. En realidad, el Jesús de ese año había robado la novia del pretoriano quien vio allí su desquite.

Por encima de eso, es innegable la profundidad que alcanza la Semana Santa michoacana año tras año y que se traduce en mayor aprecio hacia su artesanía y comida regional, en la expansión de su estampa como reducto de la cultura mexicana tras cinco siglos de contacto español, y en la fuente para nuevos horizontes que anuncian, como parece, una nueva pacificación tras el armisticio social ahora tan callado, como la guerra institucional y negada que le precedió.