Morelia, Mich. | Xana Zamudio.- “El ejemplo más claro que pueda yo tener de violencia es el chantaje hacia mi pareja, y en el chantaje abarcan muchas cosas; la reacción y la provocación”.
Juan Manuel Maldonado es un hombre común que habita en la ciudad de Morelia, y que ha vivido entre la normalización de la violencia de género durante los más de 40 años como servidor público, como padre, hijo y esposo, por lo que el día de hoy se sumó a la Primera Escuela para Hombres para Prevenir y Atender la Violencia Contra las Mujeres.
Por encima del cubrebocas se asoman los ojos atentos de Juan Manuel, mientras confiesa que todo comenzó desde casa, por lo que identifica, “lo aprendí de mi madre porque mi padre nunca estaba”.
Consciente del daño que en algún momento ha hecho a su pareja, dice tener la disposición de aprender nuevas formas, aunque dice siempre haber identificado a la mujer como su igual en los momentos de confrontación, razón que, en algún momento, ha incurrido en violencia de pareja.
“La violencia se da mayor entre la pareja porque a la mujer la encuentro en igualdad de circunstancias, en igualdad de términos, en cambio, a mis hijos los considero más desprotegidos. Porque mi pareja se puede defender más que mis hijos”.

Después de apenas dos horas en el taller del día, comenta identificar la soberbia como un defecto a trabajar para “aprender a ser hombre, no haciendo una diferencia entre hombre y mujer sino como hombre en la sociedad”, término que describió como la claridad entre lo que es igualdad, la equidad y la paridad entre toda la sociedad.
“La violencia del hombre contra la mujer no debe de ser, pero, en mi opinión, en la sociedad hay violencia y, más aferrada, entre mujer y mujer, que una violencia entre hombre y hombre”.
De regreso al encuentro donde otros 49 hombres, la mayoría funcionarios públicos, participan, Juan Manuel confiesa entre risas que su esposa no sabe de su estancia en la Escuela, pero no teme contarle, “mi esposa no lo sabe, que a lo mejor sería bueno que lo supiera. Le va a dar risa o puede que sea incrédula, pero aquí estoy…»





