La sonrisa olímpica de Beatriz

Imagen: Especial

Morelia/Bernardino Rangel

Dicen que la descubrieron a los 6 años en una alberca pública y que desde entonces no ha parado de nadar. Entrena con una cubeta encima de la espalda para que le crezcan los músculos. Sus días son el ir y venir infinitas veces de una orilla a otra en una alberca de Morelia. Va y viene, va y viene. Como todos los atletas, por el ejercicio ha sacrificado una larga lista de cosas. Ya se sabe, las fiestas, los amigos, la comida. Ella, nada.

Beatriz tiene un problema auditivo y compite con sus iguales, no sólo de aquí, sino de todo el mundo. Ha cruzado albercas en Canadá, Estados Unidos y Europa. Es buena, muy buena. Tanto, que ganó una medalla de plata en los Juegos Parapanamericanos de Guadalajara, luego estableció un record en Pasadena, California, y hace unas semanas venció a rivales de todos los confines de América, pero sobre todo a unas poderosas hermanas canadienses para obtener la medalla de oro en Toronto 2015.

Aquí, generalmente, no tenemos mucho que celebrar, pero hoy la ciudad está de plácemes por su victoria y las autoridades municipales han convocado a un homenaje para recibirla.

El patio central del edificio del Ayuntamiento ha sido cubierto con una enorme lona blanca para que la lluvia no nos sorprenda. Debajo, se ha instalado un estrado con todos los accesorios que exige el protocolo. Detrás, un letrero rosa gigante que dice Felicidades en letras descomunales y al borde todos los logotipos de las instituciones supuestamente involucradas en este triunfo: El ayuntamiento, la cecufid, el imde, la conade y otras de letras muy pequeñas que no se alcanzan a leer. El mariachi está a un lado y se escucha hasta la calle.

Las casi cien sillas están cubiertas de familiares, amigos y periodistas. En el pilar que sostiene uno de los arcos del patio colonial, Beatriz y su entrenador dan entrevistas a los medios. Les preguntan si la siguiente meta son los Juegos Olímpicos. Responden que sí, que descansarán un poco y volverán a la alberca. Beatriz contesta sonriendo. Está luminosa bajo su playera de seleccionada nacional y los rizos turbios y acanelados de su hermoso pelo. Cubierta de micrófonos, reconoce a alguien a lo lejos, sonríe más y agita su mano para saludarlo. Estoy muy contenta, se le alcanza a escuchar. Se le nota. Brilla.

La maestra de ceremonias llama a las personalidades presentes a ocupar su lugar en el estrado para comenzar con el acto oficial. Mientras se acomodan, una niña del mariachi logra las altas notas de una canción de Jorge Negrete. Creo que nadie se da cuenta. Termina su interpretación y se acomoda hasta atrás con las trompetas.

La primera en tomar la palabra es la guapa y alta representante del gobernador. Improvisa, no tarda ni dice mucho y le cede el micrófono a la festejada. Beatriz sube con su sonrisa y habla despacio pero emocionada. Quiero agradecer especialmente a Miguel Ángel, a Lupita, a todos mis compañeros de la delegación paralímpica, y pues, a ustedes que me han apoyado siempre. Estoy orgullosa de ser un ejemplo a seguir para todos.

Las cámaras la llenan de flashes y la gente de aplausos. Estoy muy emocionada, dice, y se le rompe la voz. Como se hace con las reinas, el público y las autoridades se ponen de pie para enaltecer sus pasos a la silla de plástico que le han puesto de trono.

La voz de la maestra de ceremonias menciona nombres de personas muy respetables que se van parando una a una sobre el estrado. Saludan a la concurrencia. Todos están muy felices. No es común en esta ciudad. Luego, la misma voz nos dice que escucharemos con Atención y Respeto el mensaje de Salvador Abud Mirabent, presidente municipal de Morelia. Suena el clásico preludio del aplauso que acompaña  al alcalde rumbo al micrófono. Yo no lo conocía.

La contagiosa alegría impregna su discurso: Estoy enormemente emocionado y les digo que podría yo mencionar todas las inversiones que hemos hecho para el deporte en la ciudad, o mencionarles todos los entrenadores que hemos contratado, las instalaciones de vanguardia que hemos construido, pero no, no voy hablar de eso, y en cambio déjenme decirles que ni con todo el dinero nos alcanza para construir un corazón y una ambición como la de Beatriz. Estamos en presencia del Éxito. Ojala tuviéramos más corazones como el de ella, más voluntades.

Deja de lado las inversiones que ya mencionó y prefiere pedir un aplauso para los padres de Beatriz que se ponen de pie y saludan a la gente. El presidente municipal remata su discurso con un adorno de bombo, platillos y cantera rosa: Estoy seguro que muchos chiquitines aquí, quisieran ser como tú. Yo, hoy… quiero ser como tú.

Se desgranan los aplausos con gotitas de emoción y recuerdo que según los historiadores, este edificio en sus orígenes fue eso precisamente, un granero. El mariachi se arranca con el Juan Colorado, seguido, entre los abrazos, las flores y las fotos, de una que dice Viva México, Viva América, Oh tierra bendita de dios.

El público se amotina para retratarse con la reina-sirena colmada de rosas entre sus brazos. Los periodistas aprovechan para cercar al alcalde en el estrado y un empleado, como Juan Escutia, salva la bandera y la cubre con un plástico. La música del mariachi retumba entre las altas paredes del hermoso patio de trescientos años.

No hay mucho que celebrar por estas latitudes, así que, bueno, cuando sucede, resulta evidente que no solemos ejercitar la imaginación para eventos de esta índole. Entre el bosque de clichés, me acerco a Beatriz, la de la sonrisa detenida, le beso la mano y me retiro del antiguo granero antes de que llegue una manifestación a cerrar la calle, y la pobreza y el caos a reclamarle a la alegría por haber ocupado su espacio.