La otra heroína, la de la sonrisa terca

Foto: Gustavo Vega

Pátzcuaro/Sergio Pimentel

Como en un sábado de gloria, hoy en Pátzcuaro la entrega de la medalla Gertrudis Bocanegra a Elena Poniatowska ha inutilizado los letreros de No Estacionarse. Hay lugar para todos. Los agentes de tránsito te indican con alegres señas dónde acomodar el coche. ¿Aunque esté prohibido? Pregunto señalando la restricción. “¡Sí! Hoy no, hoy no”, me grita.

Dejo el auto y camino. La fila del cajero es larguísima. Al ver pasar a un reportero cargando su enorme cámara, una señora formada se pregunta en voz alta: ¿Pus qué va a haber? Otra le responde: Es que van a entregar la medalla Vasco de Quiroga aquí en la plaza.

El clima se acomoda. Guarda la lluvia y el viento que repartía hace unos minutos y coloca un cielo azul y un sol suave que mete sus rayos entre los fresnos de la Plaza Mayor para iluminar el estrado como si fuera el señor de las luces. Todo parece listo. Un montón de sillas han sido acomodadas frente a la gigantesca efigie de Vasco de Quiroga que despliega sus súper-poderes simbólicos sobre nosotros recordándonos que todo lo que se mira alrededor fue su culpa. Él quiso la Utopía aquí en Pátzcuaro, y bueno, salió esto. Alguien me contó un día que la gente se persigna cuando pasa frente a la estatua.

Escojo una silla y me siento.

Como en los grandes eventos gringos que inician con el vuelo rasante de aviones supersónicos, aquí aparecen cientos de palomas con maniobras suicidas alrededor de la plaza. A toda velocidad cruzan por entre los pocos que ocupamos la grada. La gente hace: ¡aaaaah!

A lo lejos se ve el nacimiento de una muchedumbre instantánea afuera de las oficinas municipales. La bola de gente crece y tapa la calle. Los policías cierran la circulación. Es el efecto Poniatowska. Nadie en México puede negarle ese carisma casi maternal en nuestra cultura. Una cosa rara en el mundo literario. Una banda de música aparece por otra calle. Corriendo, se forma como tropa, desenfunda los instrumentos, comienza el estruendo y espanta a las palomas. La bola comienza  a moverse lentamente por el centro de la plaza rumbo al estrado. En medio, el torbellino lleva su motorcito: la figura mínima y encorvada de Elena, con su pelo blanco y su sonrisa terca en franca rebeldía con los años y los avatares de la historia mexicana que sus dedos han retratado desde la crónica, el periodismo, la novela y el ensayo.

El torbellino llega hasta el estrado y se diluye. De él salen los políticos y toman sus lugares hasta el frente. No los conozco bien, así que no puedo decir quiénes son, pero parecen los mismos de siempre, los uniformados de traje que reparten abrazos y sonrisas como confeti para la fiesta. En las mesas de honor hay sillas de madera al estilo de la región que son ocupadas por las autoridades de los tres poderes y las del municipio de Pátzcuaro. Detrás de ellos, dos enormes mamparas en blanco y rosa que dicen: entrega de la Presea Gertrudis Bocanegra a Elena Poniatowska Amor. El escenario ya tiene a sus actores y las gradas se han llenado.

Cuando la dejan respirar, la festejada se sienta y se vuelve a levantar de inmediato porque el maestro de ceremonias anuncia los honores a la bandera. La banda se arranca con el himno, luego con la marcha que acompaña la entrada de la escolta y luego con otra pieza que nunca he sabido cómo se llama ni por qué razón aparece siempre en las ceremonias oficiales. Ocho largos minutos después, al fin todos pueden bajar las manos de sus pechos henchidos y volver a sentarse. La misa nacionalista ha terminado y el acto está por iniciar.

El secretario toma la palabra. Menciona uno por uno a todos los funcionarios que nos honran con su presencia y lee un montón de artículos que cansan a la gente. A mi lado, una señora suelta un ¡ay! suave pero sentido. Luego, el Secretario continúa con una larga lista de los artículos en función de los cuales se toma la decisión de otorgar el premio. Al son de la retórica, el cielo comienza  a nublarse. Han pasado diez minutos y el secretario no se detiene. La señora a mi lado dice bajito: “…pero si eso ya lo leyó”, pero eso, al secretario no le importa, y crece. Continúa con el orden del día y la lectura del acta donde se ha determinado en consecuencia que etcéteras. Tras de él, una pelota roja con la que juegan dos niños al fondo de la plaza, se pasea pequeñita de un lado a otro de su cabeza. El señor secretario respira un poco y llega a la hoja de los méritos de la premiada, luego a su trayectoria, luego a la lectura de los votos y luego a la lectura del decreto. De no ser por el grupo de cámaras de televisión amontonadas sobre una pequeña tarima, el discurso y la arquitectura colonial en derredor, evocan un paisaje decimonónico. La gente mira al cielo. Ya está oscureciendo. El olor de los puestos de elote corre desde las esquinas y se acomoda en el sillerío. Como que todos queremos escuchar a Elena.

Pero falta. El discurso oficial toca leerlo a quien es presentada como la “Primer Actriz” Julieta Egurrola. Habla de lo inmensa que es Poniatowska, Elenita, nuestra Elena, como la virgencita. Pasea por su trayectoria y lee algunos párrafos que la hoy premiada pronunció al recibir el Premio Cervantes, el más importante reconocimiento literario de nuestra lengua. Aprovecho para caminar alrededor. Veo a varias mujeres con libros en sus manos. Dos de ellas los aprietan contra su pecho como bebés que esperan ser bautizados. En la fuente, un grupo de músicos con zarape y sombrero afina sus instrumentos. Tres niñas con uniforme chatean en sus celulares sentadas sobre una banca de cantera. La Primer Actriz termina el discurso oficial y le pasa la palabra al presidente municipal de Pátzcuaro. Desde atrás veo cómo se acomoda y ordena los papeles de su discurso sobre el templete. Comienza improvisando. Se le nota nervioso. Pienso que por muchas tablas que tengas, no debe ser lo mismo para un político (ni para nadie) hablar frente a diputados o militantes que frente a un premio Cervantes de Literatura. Dice que está muy contento y que le gustaría, por supuesto, saludar antes que otra cosa al representante del Gobierno del Estado, fulano de tal, y a zutano del Poder Judicial y al líder de la bancada de su partido, y a tal y a tal y a tal. Todos por su nombre. Busco la cara de Elena. Con su sonrisa a toda asta, Poniatowska mira y escucha pacientemente desde su silla. Una señorita con chaleco de Prensa chatea al lado de la bocina. Cuando termina de saludar, el presidente dice algo acartonado que es seguro, ya nadie recuerda. Aplausos.

El maestro de ceremonias anuncia el momento estelar de la tarde-noche: la entrega de la presea Gertrudis Bocanegra. Elena se para con dificultad de su silla y sube lentamente los escalones al ritmo de una ovación que, no sé cómo explicarlo, pero suena sincera. El presidente municipal pone una medalla en su cuello y le entrega una hoja enorme que Elenita despliega frente a decenas de flashazos. El público estalla. Un anciano con sombrero michoacano y camisa blanca detrás de una cinta de seguridad aplaude y sonríe como si Elena fuera su hija. Es el efecto Poniatowska. Su rayo de empatía. Tiene un carisma natural que mezclado con una vida sensible y comprometida con los jodidos, con las víctimas de siempre, desde las mujeres de La Bola revolucionaria en Hasta no verte Jesús mío, a los estudiantes encarcelados en 1968 de La Noche de Tlatelolco, provoca que la gente se levante de sus asientos para celebrarla. Por un instante imperceptible, la plaza se detiene para un retrato intemporal. Hace doscientos años, en este mismo lugar asesinaron a una mujer por defender causas justas. Hoy, por lo mismo, a otra mujer se le da una medalla. Ha costado mucha sangre, pero es otro país, con todo y sus pendientes y vergüenzas, pero es otro país. Aplaudamos. Las palomas levantan el vuelo, y termina el cuadro.

Al fin, Elenita avanza hacia el templete. Su pequeña figura recuerda inevitablemente a su tía, Pita Amor, una montaña de dignidad en un cuerpecito.

Comienza  a llover un poco.

Poniatowska baja el micrófono y dice: “Se ven muy bonitos ahí sentados. Como un mar de cabezas. En realidad, ustedes son los recipiendarios de este premio”. La gente le contesta con aplausos. Como estrella de rock, una sola frase bastó para ganarse al público que, unánime, sonríe entre celulares levantados que toman fotos y graban videos. La premiada habla de cine y del agua de zarzamora con que la recibieron en el hotel. Por esta raza de mil cabezas habla su espíritu polaco lleno de anécdotas y palabras simples, esa fórmula que agota las ediciones de sus libros. En su voz de 84 años, trémula pero firme, aún se escucha a la niña francesa que se maravilló al descubrir México y la posibilidad de estar vivos. La periodista incansable y disciplinada. La pescadora de historias.

Dueña completamente de la atención de la gente, con la emoción de quien acaba de descubrir un secreto, nos cuenta de la valentía de Gertrudis Bocanegra, de María Luisa Puga e Isaac Lavín, escritores pátzcuarenses para quienes reclama al menos una placa; habla de sus hijos y sus nietos; de lo inmerecido que es para ella recibir este premio; cuenta la historia de una mujer que se rebeló ante Pancho Villa y le disparó a la cabeza logrando solo volarle el sombrero; de sus lejanos antepasados michoacanos; de una prima que se casó con el pintor Alfredo Zalce; del chofer que la trajo desde la ciudad; de un caballo,  y concluye recordando a Lázaro Cárdenas: “el mejor presidente que ha tenido México, que de estar vivo, no hubiera permitido la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa”, y antes de terminar esa frase, el público le suelta aplausos y chiflidos. Elenita dobla las hojas de su discurso, agradece varias veces y se despide del estrado agitando su mano, y claro, sonriendo.

Ya es de noche. La concurrencia se dispersa y no presta mucha atención a lo que dice el representante del gobernador que se lo percibe y es breve. Suenan las pirekuas en las bocinas y el torbellino vuelve a levantarse para girar en torno a Poniatowska. La gente se toma fotos a su lado, le pide autógrafos y le dice cosas como: ¡Elena, Elena, Elena! ¡Gracias por tus libros, gracias por todo!

Después de media hora de pasitos, Elena logra llegar a un vehículo estacionado cerca de un árbol muerto. Se sube, se va, y se lleva el torbellino. Me acerco al fresno y muevo una corona de flores para copiar lo que dice la placa de cantera incrustada en su tronco:

Al pie de este añoso árbol fue fusilada doña Gertrudis Bocanegra por enemigos de la Independencia el 11 de octubre de 1817.