La orfandad y el despertar triste de doña Catalina

(Imagen: Irene Valdivia)

Morelia, Mich. | Acueducto Noticias / Irene Valdivia.- Catalina Sánchez López es una mujer de 67 años, residente de Tarímbaro. Actualmente, ella trabaja en el Auditorio Municipal, en un puesto construido con cajas junto a las ventanillas del Auditorio, en el primer pasillo antes de la calle Lago de Pátzcuaro. A sólo un local, el ruido de la avenida Morelos es el ambiente de su trabajo.


Ahí ejerce el oficio al que se ha dedicado por más de 50 años, cuando en los años 70 acompañaba a sus padres a aprender el trabajo que eventualmente heredaría.


“Desde chiquilla”, cuenta cabizbaja y más bien tímida que alrededor de sus 7 u 8 años comenzó en la venta de verduras. Espinaca, cilantro, repollo, lechuga, calabazas y chayotes pintan de verde su entorno de cemento blanquiazul.


Para llegar a su negocio, Catalina todos los días se levanta a las cuatro de la mañana para trasladarse desde Tarímbaro hasta el centro de Morelia, y preparar su mercancía, iniciando su venta a las 8 de la mañana, y terminar la jornada a las 3 de la tarde, regresando a su casa para continuar trabajando en las labores del mantenimiento de su hogar.


Catalina ha recorrido diferentes mercados en su andar, como el mercado Independencia y el Mercado de San Juan, donde vivió los momentos de mayor apogeo de la venta. Lamentablemente, ese momento de éxito está muy lejos de la situación actual de sus ventas.


“Está mala, ahí está todo, no sirve el negocio. No, no me sirvió a mí. Quién sabe y los demás, pero yo no, no tengo nada, pues no vendo nada. Ya ahorita todo está igual. Temporada que sea, temporada no se vende ya.”, lamenta la mujer sexagenaria.


“Soy sola. Yo solita. Yo soy huérfana, no tengo hijos. Tengo hermanos, pero tienen su negocio. Ahí tienen su vida. ¿Qué quieres que me vengan a ayudar?”.


Descrita a sí misma como huérfana, Catalina no sólo no recibe apoyo de su familia sino tampoco apoyo gubernamental.
“¿Cómo buscarlo? Pues aquí yo busco la comida.”, dice sobre la posibilidad de recurrir a apoyos de gobierno, cosa que no descarta en un futuro.


“¿Qué, Catalina Sánchez?” – Interrumpe una mujer adulta, pero más joven que Catalina, intrigada por ver a su conocida siendo entrevistada.


“Hola, ¿Qué tal? Ay, pues aquí estoy. Mira, que me están entrevistando, a ver qué hago” dice Catalina dejando atrás su expresión tímida.


“¡Pues ojalá y que sea positivo! Más bien para ti.”, replica con entusiasmo y cariño la mujer, quien promete regresar más tarde a sus compras con Catalina.


Retomando su atención, y recuperando un semblante más serio, Catalina hace más lenta su voz y narra.


“En aquél tiempo sí había venta, ya ahorita no hay venta ni aquí ni en el mercado, pues ya los mercados… ya se bajaron. En aquel tiempo sí se vendía bien, había mucho, pero ahorita ya no, ahorita ya estamos tristes todos. ¿Qué me voy a acordar? Yo estaba chica, que era cuando yo miraba que vendían mucho, y se vendía muchísimo, muchísimo, pero ya ahorita el despertar es triste.”, lamenta.


“La venta ya cuando viene a recuperarse, pues ya uno está más grande, ya muy viejo ya. Ya no se puede, yo digo que ya se acabó la jugada.”, cuenta con una resignación sonriente.


“Empiezo a estar vieja, ya la cosa es diferente, ya no puedes ni venir, ¿Pues cómo vas a venir ya a recuperarte de la venta? No, ya no.”, reflexiona sobre su posición como vendedora de la tercera edad.


“Aquí lo que Dios me mande. Los que quieren, que vengan, y los que no, pues no”…