Morelia/Vianey Cervantes
Un domingo en la capital michoacana es la avenida madero llena de niños en triciclos y bicicletas, el aroma de los churros de azúcar en San Agustín y si tienes suerte, no verás ninguna marcha o bloqueo en el centro de la ciudad.
La Casa Natal de Morelos se ubica en la calle La Corregidora #113, esquina con García Obeso, en el centro histórico de la ciudad de Morelia; antes Valladolid, cuando formaba parte del convento de San Agustín, en cuyo pórtico nació, el 30 de septiembre de 1765, quien sería conocido en la historia nacional como un héroe de la patria, como el Siervo de la Nación, José María Teclo Morelos Pavón y Pérez.
Fue en 1965 cuando la casa se transformó en un museo; tan solo entrar al antiguo edificio puedes sentir el frío característico de la cantera, las pesadas puertas de madera abiertas de par en par. Un policía sonriente da los buenos días y me pide registré mi nombre en el libro de visitantes, frente a mí el letrero “pase usted” me guía hacia la sala “Orígenes”, a mi izquierda y tras una puerta espera una enorme pila de cantera, donde José María Morelos y Pavón fue bautizado, allá el 04 de octubre de hace 252 años.
Llegan al museo familias, padres con sus hijas narrando la historia, un hombre con su hija de diez años a quien ve con orgullo interesada en el pasado de su nación, un grupo de turistas hablando entre inglés y español, leyendo, tocando con los dedos los bordes de aquellos antiguos cuadros.
En las paredes, por un lado, pinturas al óleo narran la vida educativa de Morelos, desde los primeros estudios impartidos por su abuelo, hasta el momento decisivo donde se volvió discípulo del cura Miguel Hidalgo; en otras los antiguos carbonazos de artistas que plasmaron en papel una ciudad pasada. Detrás de un cristal se encuentra un acta de bautizo, en un español antiguo y con la firma de los padres del Siervo de la Nación.
La siguiente habitación es iluminada por una amplia ventana rectangular, un viejo baúl pertenencia de Morelos recibe la luz directa, una mesa con papeles y ordenes firmadas por el héroe de la patria. Una escultura de Morelos en su caballo se ubica frente a un enorme retrato del “Sr, José Ma. Morelos, Capitán general de los Ejércitos de América”.
Morelos fue nombrado Cura de Carácuaro por Hidalgo en 1808, donde recibió oficios que exigían apoyo económico para la defensa del monarca español, Fernando VII, quien en aquel entonces permanecía como rehén de Napoleón Bonaparte; muchos de estos papeles originales, con firmas de Hidalgo y de Morelos se exhiben en las vitrinas de esta habitación.
Majestuosas obras de Alfredo Zalce se exhiben en este museo, cubren las paredes en marcos de madera, el Sitio de Cuautla, Fundición de armas, entre otras, sus pinceladas y contraste con tonos cálidos evocan la furia, el ardor y el frío de la
guerra, de un pueblo en vísperas de entrar a la lucha; el arte es materia primordial de la casa natal, no faltan retratos, oleos, carboncillos y grabados del Siervo michoacano.
En las paredes, breves resúmenes de la vida de Morelos van narrando su vida, como discípulo del iniciador de la Independencia de México, María Morelos formó parte del movimiento, siendo su primera conquista el pequeño poblado de Técpan, en el estado de Guerrero, donde se unieron los hermanos Hermenegildo y Pablo Galeana.
Una alta vitrina color caoba resguarda su vestimenta eclesiástica, un rosario que colgaba de su cuello, monedas conmemorativas, billetes que han llevado su imagen, rústicas monedas negras con fecha de 1813, a su lado, pequeños retratos ovales de Morelos, Mariano Matamoros, Lázaro Cárdenas…Un cuadro muestra la carta de captura del llamado Generalísimo por el Congreso, un listado de sus pertenencias; tabaco, un pañuelo, un rosario, una biblia…
El museo resguarda entre sus paredes un fragmento de los sentimientos de la nación, uno de los textos políticos más importantes de México y que Morelos presentó el 14 de septiembre de 1813 en Chilpancingo, dos años después del fusilamiento de Ignacio Allende, Aldama y Jímenez, así como del cura Miguel Hidalgo, en junio de 1811.
Una sala de estudio con dos magníficas obras de Alfredo Zalce y amplios ventanales es la siguiente habitación, la última antes de llegar a la zona exacta donde nació el Generalísimo. Se escucha el canto de los pájaros, el sonido de sus alas al pasar entre las ramas de los altos árboles, una cadena dorada impide el paso a lo que, de acuerdo con una explicación en la pared, antes fue una Casa de Salud.
Una escultura del héroe a gran tamaño, tres banderas del movimiento de independencia tras de sí, frente a él, la bandera de México y una mano dorada sosteniendo el fuego. “Lo demás solo es leyenda”, reza una hoja blanca en un cristal…
Más adelante, se ubica el jardín, donde se encuentra un busto del Siervo de la Nación y frente a él una réplica de la campana que el cura Hidalgo tocaría en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, el llamado a la Independencia de México.
Un aire solemne se respira en el ambiente, un paseo por la historia de un personaje que luchó por la patria y que fue, sin embargo, traicionado y fusilado el 22 de diciembre de 1815, en Ecatepec, Estado de México. Al final, con letras doradas incrustadas en la cantera, el lema del Generalísimo: “Donde yo nací fue el jardín de la Nueva España…”.
El camino de regreso es lento, los arcos de cantera dan vuelta al pequeño patio central, donde un ancho patio presume en los pasillos exposiciones de artistas del
siglo XXI, de un lado, un dios lacera, del otro, un cactus junto a una ventana, un retrato familiar. En el centro, el busto del General analiza su hogar, con una mirada de piedra, infinita y ausente, ve crecer al México independiente por el que dio su vida, a 202 años de su muerte.





