La furia de «mamá coco»

Santa Fe de la Laguna, Quiorga/Miguel Ángel Santos

En esta comunidad purépecha lacustre del lago de Pátzcuaro, que aún conserva sus usos y costumbres, así como sus construcciones de barro y adoquín, vive Salud, una mujer de 106 años, de edad, pero en los últimos tiempos se ha convertido en una imagen emblemática, pues en ella se inspiraron para crear una de las figuras más conocidas de las películas de Disney: Mamá Coco.

En las calles empedradas, en donde en un ir y venir deambulan indígenas ataviados con su tradicional vestimenta. “¡Mamá Coco!, ¡Mamá Coco!” casi le gritan propios y extraños ya sea para saludarla, ya sea para charlar con ella; algunos, los no menos, le piden una foto, la del recuerdo, así, junto a ella, con discretos abrazos o apapachándola.

Sin embargo, ya con la fama a cuestas, al paso del tiempo a doña Salud le fue molestando que decenas de periodistas arribaran hasta ella, hasta su no tan humilde del todo casa, y la entrevistaran, sin más, algunos sin hacer caso de la, a veces, airada petición de su hija para compensar el pose y respuestas de “mamá Coco”, para mitigar el costo de sus medicinas.

Pero, esta vez, fue ella misma, la que, sin intermediarios, explotó: “siempre vienen, me toman fotos y no me dan nada”, decía mientras caminaba al interior de su jardín, conformadas por una variedad flores, sembradas en macetas inventadas en botes de latón. Luego, con su lerdo caminar se refugió en su aposento y no volvió a salir.

Erik y yo esperamos, bajo una de las sombras a la vista, ante el intenso calor de la mañana, pero “mamá Coco” ya no aparecería; empero, su hija salió de la casa con bolso de mandado en mano y condescendientemente nos explicó como su madre enfermó hace unos días y requiere recursos para las nebulizaciones del tratamiento que en forma coincidente le aplicaban en esos momentos.

“Mi madre está enferma, y hemos decidido ya no dar entrevistas, si gustan fotos con ella sí, pero ya no más entrevistas”, decía mientras en su rostro se notaba el cansancio de hablar con los medios de comunicación y una tristeza elevada al cubo de no poder ayudar más a su madre. Y solo partir, la puerta cerrada y el camino desierto.