Acueducto | Magda García
Tengo una cajita amarilla, ahí guardo a mis diablitos; el otro día se me escaparon y desde entonces no he podido encerrarlos, andan libres por donde les place, ellos no obedecen nunca, a veces se van por algún tiempo, pero siempre regresan.
Si mamá se entera que los he dejado libres me castigaría toda la vida, seguramente me llevaría con el cura para que el los encerrara a la fuerza, pero es que no me gusta que estén encerrados, me lastiman más cuando trato de aprisionarlos; es difícil lidiar con ellos, yo no sé cómo lo hace mamá y mis hermanitas, parecen no sufrir.
Mi hermano Jorge no tiene problema con eso, a él sí lo dejan jugar con sus diablitos, aquí hay muchas cosas que son pecado solo si las hacen las mujeres; nosotras lo tenemos todo más difícil, es que somos muy tontas dice mi abuelo, por eso tenemos que esforzarnos más si queremos llegar al cielo.
Dice que por culpa de una mujer Adán perdió el paraíso, entonces me pregunto ¿Quién es más tonto, Eva por ofrecerle aquel fruto o Adán, que aún sabiendo de la prohibición se dejó convencer por Eva? Pero eso solo pienso, así como un montón de cosas que no se deben decir.
Ya quiero ser más grande para irme de este pueblo, como Carlota, la hija mayor del herrero, dicen que se fue a la ciudad a vivir en pecado, todos hablan mal de ella, pero a mi siempre me cayó bien. Carlota me contó que tampoco encierra a sus diablitos, con ella los dejé salir por primera vez.
Yo ya segurito me voy al infierno, pero no tengo miedo, en el cielo van a estar mis abuelos, el cura y la monja que nos daba reglazos por reírnos en el catecismo, no suena divertido el paraíso, que encierren a sus diablitos quien quiera llegar ahí, yo prefiero dejarlos libres.





