La dinastía de la bruma

Imagen especial/IA

Apuntes del lago de Pátzcuaro | Samuel Ponce

El paso lerdo del amanecer: la nostalgia de un imperio que se resiste al olvido.

El amanecer en la isla de Yunuén en verano es un umbral suspendido, Cuando oscila la neblina, el paisaje parpadea y el lago se vuelve mítico en un absorbente silencio. El escuchar de las aves es inevitable, más aún el de los gallos que martillan los oídos.

Aquel canto posee un tono que, cuando deja de sonar, uno extraña de inmediato. El pueblo parece dormido y no lo está en el interior de sus hogares acogedores. No, no hay aún alma alguna deambulando por la estrecha y empedradas calles de la isla.

Desde la cima de la colina, uno divisa las demás islas del acotado archipiélago. La mirada siempre se detiene en Janitzio, donde domina el coloso de Morelos. Es una esfinge imponente que pareciera haber estado ahí durante toda una eternidad.

Más allá, entre la bruma que se resiste a dispersarse, reposan las faldas de Tintzuntzan. Y es imposible no pensar que este pueblo fue el corazón de un imperio indomable. La antigua capital purépecha, el lugar de colibríes, gobernaba con fuerza toda la cuenca.

Desde un mirador de Yunuén, el agua se convierte en espejo del pasado sagrado. Uno imagina las canoas cruzando la niebla cargando ofrendas hacia las Yácatas. Esas pirámides semicirculares aún vigilan la orilla con una quietud que estremecen el alma.

El lago resguarda la memoria del rey Tariácuri y de leyendas de amores trágicos. Sus aguas profundas esconden el llanto eterno de la bella princesa Mintzita. Ella aún espera al príncipe Itzihuapa, atrapado en el fondo por el oro codiciado.

A lo lejos, la mirada descubre apenas la silueta de un pescador solitario. Va a bordo de su rústica lancha, deslizándose en la inmensidad grisácea de la mañana. Parece, sin serlo, un náufrago en el marco de este lago que se consume sin consumir.

Esa melancólica dinastía se diluye cuando el sol borra las fronteras de la bruma. El amanecer se ha ido y el panorama cotidiano surge como todos los días. Las siluetas de las islas recuperan sus contornos bajo la intensa luz matutina.

Sin duda, es momento de volver a la cabaña donde el silencio suspira con suavidad. El misticismo se repliega y abre paso de la vida diaria de Yunuén. Las chimeneas despiertan y el viento arrastra los primeros aromas de la mañana.

El olor a leña encendida se mezcla con la dulzura del café de olla recién colado. En el aire flota el perfume de los uchepos del maíz tierno que se cocinan al vapor. El eco del imperio se guarda en el pecho mientras en pueblo, sus habitantes, empiezan a caminar, andar…