Morelia, Mich. | Agencia ACG.- Las palomas apenas se movían alrededor de la banca de piedra. Algunas caminaban lento a sus pies y otras descansaban junto a ella, como si la conocieran desde siempre. En medio de la Plaza de Las Rosas, mientras el ruido del Centro Histórico seguía su rutina, una mujer permanecía tranquila alimentándolas con semillas entre las manos. No parecía una escena común. Las aves se acercaban demasiado, sin miedo. Una incluso permanecía acostada a un lado de la señora, como acompañándola. Ella las miraba con una ternura difícil de explicar.
“Son como mis hijos”, dijo.
Así comenzó la conversación con Lupe, una mujer moreliana de 64 años que asegura haber sobrevivido a golpes mucho más fuertes que la vida misma. Sentada entre las palomas, contó que perdió a dos hijos cuando apenas tenía cuatro meses de embarazo. Desde entonces, asegura que nunca se han ido del todo. Mientras hablaba, las palomas seguían rodeándola, tranquilas, permaneciendo cerca de ella como si entendieran cada palabra. Para Lupe, aquellas aves no son solamente aves de plaza; son pequeñas compañías que, de alguna manera, le recuerdan a esos hijos que no pudo ver crecer y que, según dice, siguen acompañándola en silencio.
“Son ángeles… son los que me han cuidado”, comentó mientras observaba cómo una de ellas descansaba a un costado de la banca.
Lupe creció sin padre ni madre. Cuenta que fue su abuela quien se convirtió en todo para ella: madre, padre y guía. Fue quien le enseñó a trabajar, a cocinar y a resistir la vida. Desde pequeña estudió y trabajó al mismo tiempo, y años después se convirtió en madre de cuatro hijos.
“De cuatro me viven dos”, recordó.
Durante años trabajó en hoteles de Morelia haciendo aseo y cocinando. Fue mucama, cocinera y madre al mismo tiempo. Dice que trabajó desde que sus hijos eran pequeños para sacarlos adelante y que toda su vida “me parti la madre trabajando para ellos”, exclamó.
También habló abiertamente de las adicciones y del estrés que acumuló durante años, situaciones que terminaron afectando gravemente su salud.
El golpe más fuerte llegó cuando sufrió cuatro aneurismas rotos y un derrame cerebral. Los médicos le dijeron que el estrés había sido una de las causas principales. Las operaciones ocurrieron en fechas que todavía recuerda con dolor: Semana Santa y el Día de las Madres. Sin embargo, asegura que nunca perdió la conciencia y que en esos momentos sintió que algo la seguía cuidando.
Para ella, esos hijos que no alcanzó a ver crecer son también quienes la acompañaron durante sus operaciones y quienes siguen protegiéndola. Por eso, cuando habla de las palomas, lo hace con un cariño distinto, casi maternal, como si en medio de ellas encontrara una forma de sentir cerca a quienes nunca dejaron de acompañarla.
“Ahorita yo estoy a toda madre”, repite varias veces durante la charla. Cuenta que dejó atrás las adicciones sin necesidad de anexos ni tratamientos y que ahora vive tranquila, haciendo aseos en casas y disfrutando ver que sus hijos lograron hacer su propia vida.
Entre sus recuerdos más fuertes sigue apareciendo la imagen de su abuela, aquella mujer que le enseñó a cocinar tortillas a mano y a nunca rendirse. Lupe habla de ella con una mezcla de nostalgia y orgullo. Dice que gracias a ella aprendió a ser “guerrera” y que todavía recuerda cómo la veía cocinar y trabajar todos los días.
Mientras las personas cruzaban la plaza sin detenerse demasiado, las palomas continuaban cerca de la banca, inmóviles, confiadas, como si también escucharan la historia.
Lupe las observaba en silencio, lanzando semillas de vez en cuando y sonriendo apenas cuando alguna se acercaba más de lo normal. Parecía que entre todas ellas existía una confianza construida desde hace mucho tiempo, una compañía que no necesitaba palabras.
En medio del ruido de la ciudad y de una vida marcada por pérdidas, enfermedades y batallas, aquellas pequeñas aves seguían regresando a ella, posándose cerca, acompañándola.
Tal vez porque algunas ausencias nunca se van del todo. Tal vez porque el cariño de una madre siempre encuentra la manera de quedarse cerca, incluso cuando la vida toma otros caminos.





