Morelia, Michoacán.- En algunos altares y tapetes del Centro Histórico, el nombre que más destaca es el de una empresa o una escuela. Hay logotipos dibujados en el aserrín, siglas repetidas en el papel picado y lonas que ocupan buena parte del montaje. El cempasúchil también sirve para enmarcar publicidad.
La escena merece discutirse. Una cosa es identificar a quienes elaboraron una ofrenda y otra es darle al emblema institucional tanto protagonismo que termine por competir con aquello que supuestamente se busca recordar. Cuando el logotipo se reconoce de inmediato y la dedicatoria pasa inadvertida, algo de la celebración merece revisarse.
El trabajo de estudiantes, docentes y trabajadores tiene valor. Preparar un tapete requiere tiempo, organización y esfuerzo. Precisamente por eso resulta válido preguntar cuánto de ese trabajo se dedica a conocer una tradición y cuánto a reproducir la imagen de la institución. La participación educativa debería poder explicarse más allá de una fotografía para redes sociales.
A las universidades habría que pedirles algo más que presencia de marca. Que expliquen el origen de los elementos que utilizan, que propicien el encuentro con quienes conservan esos conocimientos y que den crédito a sus aportaciones. La responsabilidad cultural también se mide por lo que se enseña y por las voces que se escuchan.
Las comunidades originarias merecen un lugar en las decisiones sobre cómo se representan sus expresiones. Si su participación queda reducida a proporcionar símbolos, mientras otros eligen el discurso y reciben la atención, la celebración acaba reproduciendo una desigualdad que los arreglos florales difícilmente pueden disimular.
La actividad económica tiene un lugar legítimo en estas fechas. Artesanos, floristas, panaderos y cocineras trabajan para obtener ingresos. Sería absurdo exigirles que vivan únicamente del reconocimiento a su tradición. Lo que corresponde examinar es quién recibe las oportunidades, quién decide sobre los espacios y qué beneficios llegan a quienes sostienen esos oficios y saberes.
También hay una responsabilidad de las autoridades. Las plazas y las calzadas son espacios de todos. Su ocupación debería responder a criterios públicos y permitir una participación diversa. El tamaño de una lona o la capacidad para producir un montaje vistoso difícilmente deberían convertirse en la medida de quién merece mayor presencia.
Las tradiciones cambian y cada generación les agrega algo. Ese argumento también debe permitirnos cuestionar lo que estamos agregando nosotros. Hoy, las fotografías dejan una pregunta bastante concreta: cuando una marca ocupa el centro del tapete, ¿a quién le estamos poniendo la ofrenda?



