El encuentro entre el gobernador Ramírez Bedolla, Carlos Torres Piña y el PVEM sacude el juego interno guinda y desafía los acuerdos fijados ante la dirigencia nacional rumbo a 2027.
Editorial
El ajedrez político michoacano arde y todo indica que las cortesías en la llamada Cuarta Transformación se han terminado. La reciente fotografía que exhibe al gobernador Alfredo Ramírez Bedolla con Carlos Torres Piña y el verde Ernesto Núñez Aguilar no es un simple encuentro institucional; es, en el fondo, un abierto desafío al pacto de neutralidad que la propia dirigencia nacional morenista intentó imponer apenas hace unos días en la capital del país.
Para el bloque que encabeza el senador Raúl Morón Orozco, la imagen representa una flagrante violación a las reglas no escritas de la equidad interna. El moronismo acusa, con sobrada razón cartográfica, que desde Casa Michoacán se empuja con todo el aparato gubernamental a un delfín de alcurnia. La tregua que firmaron ante la líder nacional guinda Ariadna Montiel terminó siendo un papel mojado antes de que secara la tinta.
Sin embargo, en ese ajedrez del mandatario estatal podría aducir que la jugada citada obedece a una lógica de supervivencia y legítima defensa política. Ramírez Bedolla ha dejado en claro que no se quedará de brazos cruzados mientras el PT y los puros golpean sistemáticamente a su administración. El mensaje enviado es fulminante: quien ataque al gobierno de Morena será tratado como oposición, y el cobijo oficial será para los leales.
A las puertas de que se defina la encuesta madre para la sucesión gubernamental en territorio michoacano, ya se puede más que especular que la simulación de la unidad ha quedado completamente sepultada en el estado. Los dados ya están en el aire y la guerra civil por la candidatura se jugará sin cuartel ni concesiones diplomáticas. Habrá que ver si el arbitraje nacional de Morena tiene la fuerza para contener un barco que ya navega con rumbo directo a la ruptura. Veremos.





