Foto galería, el lago que nada…

Foto: Samuel Ponce

Patzcuaro/Samuel Ponce Morales

Un domingo con cielo aborregadamente gris con moteados de moribundos azules, pero sin aire, sin el mover de las miles de hojas derramadas no exactamente por doquier.

El calor del mediodía, entroncado en el amago de la inminente lluvia; los pescadores despiertan a la llegada del Titanic II y dramatizan su casi sequía de todos los días, fingen atrapar peces blancos para abotonar dádiva de los paseantes.

Al arribo a la isla los pequeños de Janitzio relevan a los músicos que navegaban de polizontes, y, como los maderos de San Juan, piden y no les dan.

Janitzio aparece sin aparecer como el de unos meses atrás, se ve diferente, menos rústico, sin sesgos de modernidad, vamos ni siquiera un guiño.

Alrededor de esa isla que alberga a vendedores de barro modulado y maquillado, se desliza discretamente, esta vez sin ruidos, la ya siempre achocolatada agua que apenas coquetea con el color verde triste situada en sus orillas, a veces agrestes.

Janitzio jugueteaba con sus existencia en la espera de originarse en forma irónica en la Noche de Muertos…