Morelia/Constanza Orozco
Desde las 18 horas avanzaron las catrinas desde el Jardín Morelos hacia la catedral de Morelia. Lentamente caminaban, la mayoría con solemnidad y fieles al personaje que esa noche representaban: La muerte.
La catrina es un símbolo del folclor y de la tradición cultural mexicana. Una tradición que nos identifica como mexicanos ante el mundo. El día de hoy las y los jóvenes que caminaron por la Avenida Madero tenían en mente lo que llevaban puesto.
Las banquetas estaban repletas de gente lista con sus cámaras y celulares, quienes esperaban que pasaran frente a ellos los jóvenes que hoy participaron en el desfile y concurso de catrinas.
Los niños estaban emocionados, señalaban a las mojigangas que avanzaban, impresionantes, al ritmo del desfile; preguntaban sobre el maquillaje y el vestuario mientras comían unos dulces en brazos de sus padres.
Las catrinas más producidas robaban la atención de los visitantes, los cuales, casi por inercia, se paraban para pedirles una fotografía y preguntar sobre sus vestuarios, y éstas se mostraban amables y orgullosas de poder compartir y participar en esta tradición.
Los vestidos eran grandes, teatrales, coloridos, adornados con flores y accesorios como el sombrero o el velo que suele dar la imagen clásica de la catrina. Unos personajes muy tradicionales y otros más modernos, pero todos dentro del marco de la celebración a la muerte.
Bajo el cielo nocturno, los candiles y las velas alumbraban el camino hasta el final del desfile como en un altar; la atmosfera era solo interrumpida por los flashes de las cámaras y los reflectores.
Algunos niños saludaban desinhibidamente a las calaveras garbanceras y éstas respondían amablemente con una sonrisa y un saludo amplio.
Por el centro también desfilaban los grupos de niños disfrazados, quienes pedían, al igual que todos los años, la famosa calaverita.
De cada establecimiento del que obtenían dulces, los niños se retiraban muy contentos y avanzando hacia la siguiente puerta.
El desfile terminó y las damas disfrazadas se paseaban por los altares, dando un ambiente de penumbra y solemnidad.




