Entre hilos y memoria, María Nolasco preserva el arte de tejer en Michoacán

Entre hilos y memoria, María Nolasco preserva el arte de tejer en Michoacán
Imagen ACG

Cuanajo, Michoacán | ACG.- Entre hilos de lana, algodón y estambre, María Guadalupe Nolasco mantiene vivo un oficio que aprendió de su madre y que comenzó como una forma de buscar una oportunidad para continuar sus estudios. Hoy, desde su casa en Cuanajo, trabaja con el telar de cintura para elaborar fajas, morrales y otras piezas artesanales que conservan diseños transmitidos de generación en generación.

Antes de que una faja tome forma, cada hilo debe ser preparado, acomodado y tensado con precisión. El tejido no permite acelerar el proceso: cada figura aparece poco a poco entre el movimiento de las manos, la experiencia y el conocimiento acumulado durante años.

Frente al telar, Guadalupe trabaja con herramientas que forman parte de su rutina: la palita, el contador, el peine, el cuango y el cincho. Algunas conservan nombres en su lengua y otras son conocidas en español, pero todas cumplen una función dentro de un proceso donde cada detalle importa.

El telar llegó como una oportunidad para estudiar

Para Guadalupe, el telar de cintura no nació únicamente como una tradición familiar, sino como una alternativa ante las dificultades económicas que enfrentó durante su juventud.

Su madre aprendió el oficio desde que cursaba primero de secundaria y fue quien le enseñó a trabajar los tejidos. Guadalupe recuerda que al principio no tenía como objetivo dedicarse a la artesanía, pero necesitaba encontrar una manera de obtener recursos para continuar con sus estudios.

Cuenta que su padre no quería que ingresara a la secundaria, por lo que decidió aprender el trabajo de su mamá, vender sus piezas y conseguir con ello el dinero necesario para seguir adelante.

Terminó la secundaria, aunque después tampoco pudo continuar con la preparatoria y con el paso del tiempo el tejido dejó de ser una herramienta temporal para convertirse en el oficio que ha acompañado toda su vida.

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Entre patrones, hilos y memoria

El trabajo artesanal comienza mucho antes de que la pieza llegue al mercado. Guadalupe debe conocer los patrones, que en su comunidad llaman tabacates, contar los hilos y repetir las formas hasta que los diseños aparecen sobre la tela.

Algunos dibujos ya forman parte de su memoria. La pieza se trabaja corrida y posteriormente se dobla para separar los productos que serán destinados a la venta.

Utiliza principalmente lana, algodón y estambre. Las piezas de algodón requieren mayor cuidado debido al grosor del hilo, mientras que las elaboradas con lana permiten avanzar con mayor rapidez.

Una faja puede estar lista en alrededor de dos días si se trabaja de manera continua, aunque la vida cotidiana de una artesana combina el telar con otras actividades del hogar.

Entre preparar alimentos, acudir al molino y hacer tortillas, Guadalupe encuentra espacios para continuar con el tejido.

Un oficio familiar que busca nuevos espacios

En su casa, el conocimiento también se comparte. Una de sus hermanas y algunas sobrinas trabajan en la elaboración de piezas artesanales, lo que le permite reunir variedad de productos para llevar a ferias y espacios de venta.

Guadalupe ha participado en encuentros como el festival de Orixá en Morelia y tiene contemplada una próxima visita a Zamora para mostrar sus trabajos.

Sin embargo, reconoce que no todas las piezas tienen la misma demanda. Las fajas, explica, enfrentan el reto de que muchas personas desconocen su uso y valor.

Algunas son adquiridas para complementar camisas, blusas o vestidos, mientras que otras se utilizan como adornos para sombreros. Los morrales tienen mayor aceptación y las blusas también han encontrado compradores.

Tejer también es buscar quién valore la pieza

Detrás de cada creación artesanal no solamente existe un proceso de elaboración, sino también la necesidad de encontrar compradores que comprendan el tiempo y conocimiento que requiere cada pieza.

Para Guadalupe, hacer un tejido implica horas frente al telar, seguir patrones aprendidos durante años y conservar una enseñanza que recibió de su madre.

Uno de sus hijos también conoce el oficio, aunque reconoce que el proceso es lento y no siempre existe interés por dedicarse a él. Aun así, cuando no encuentra otra actividad laboral, también se sienta frente al telar.

Entre hilos, herramientas y figuras que puede elaborar de memoria, María Guadalupe Nolasco continúa tejiendo una historia familiar que comenzó como una necesidad y terminó convirtiéndose en una forma de vida.

Cada pieza que sale de sus manos lleva más que lana, algodón o estambre: guarda tiempo, paciencia y una tradición que permanece viva en Cuanajo.