Enrique Anaya sobrevivió a una mina; ahora intenta sobrevivir al olvido

Enrique Anaya sobrevivió a una mina; ahora intenta sobrevivir al olvido
Imagen Mauro Díaz | Acueducto

El gobierno nunca llegó; el dolor permanece y el abandono tampoco se fue

Apatzingán, Michoacán.- Hay explosiones que duran apenas un segundo y otras que continúan estallando todos los días. La de Enrique Anaya ocurrió una mañana cualquiera sobre un camino de terracería entre huertas de limón. La segunda comenzó cuando salió del hospital y descubrió que, además de las quemaduras, tendría que cargar con otra herida mucho más silenciosa: la del abandono.

Desde entonces el dolor tiene horarios: lo despierta durante las madrugadas, le inmoviliza las manos, le impide caminar con normalidad, además de que le recuerda, cada vez que intenta levantarse, que el cuerpo también conserva memoria.

Sin embargo, cuando habla de aquel lunes, no comienza describiendo la explosión, sino agradeciendo que sigue vivo.

«Yo salí de mi casa rumbo a un rancho donde tengo mi trabajito y en el camino pisé esa fregadera con mi moto. Me explotó y por eso estoy como estoy ahorita. Todavía logré levantarme y darle para atrás para mi casa. Bendito sea Dios que la estoy contando, porque ahora sí que muy pocos la cuentan», narra

En Tierra Caliente las minas no distinguen entre campesinos, jornaleros, militares o integrantes de grupos criminales; permanecen ocultas bajo la tierra esperando a cualquiera que pase por encima, mientras la rutina de quienes únicamente salen a trabajar puede terminar convertida, en cuestión de segundos, en una tragedia.

Aquella mañana Enrique salió de su casa como había salido durante casi cincuenta años: rumbo a una huerta de limón donde lo esperaba otra jornada de trabajo.

No llevaba más preocupación que llegar a tiempo, pero nunca imaginó que el camino que conocía de memoria terminaría convirtiéndose en el lugar donde su vida partiría en dos.

Lo que ocurrió después parece desafiar cualquier explicación, ya que, con el cuerpo envuelto en quemaduras logró ponerse de pie y comenzó a caminar de regreso hacia su casa.

Avanzó más de trescientos metros mientras el dolor aumentaba y las fuerzas comenzaban a abandonarlo.

Enrique Anaya sobrevivió a una mina; ahora intenta sobrevivir al olvido
Imagen Mauro Díaz | Acueducto

«Alcancé a caminar unos 300 o 350 metros, pero ya no pude más. Me senté y un compañero que andaba trabajando vino a avisarle a mi familia. Mi hijo fue rápido por mí, me levantaron y me llevaron a la clínica en Apatzingán. Allí me operaron una vez y luego, como a los dos días, me tuvieron que volver a operar. Eso fue todo lo que yo alcancé a hacer y a acordarme», recuerda.

Un compañero que trabajaba cerca logró avisar a su familia y su hijo llegó por él y lo trasladó de emergencia hasta una clínica de Apatzingán.

Después vinieron dos cirugías, largas horas de hospital y un diagnóstico que todavía hoy pesa sobre su recuperación.

Pero la explosión no terminó cuando dejaron de escucharse los estruendos, pues la verdadera batalla comenzó cuando salió del hospital y descubrió que tendría que enfrentar solo la parte más larga del camino.

Las heridas seguían abiertas, los medicamentos eran indispensables y los gastos comenzaron a multiplicarse mientras el apoyo oficial nunca apareció.

Las quemaduras tardarán meses en sanar y el dolor se convirtió en un compañero permanente. Algunas noches, cuenta, apenas puede soportarlo.

«En la noche me duele mucho la mano. Le dije a mi familia que le hablaran al doctor porque ya no aguantaba. Él me dijo que esto iba a ser tardado porque son quemadas y que el dolor no se va a quitar rápido. Yo le dije que lo único que quiero es tolerar el dolor, porque es un dolor que no se imagina», detalla.

Su familia es quien paga los medicamentos, renta la vivienda donde permanece cerca del hospital y cubre los gastos que exige una recuperación lenta.

Cada consulta representa un desembolso más y cada noche el dolor vuelve a instalarse en su cuerpo como si la explosión continuara ocurriendo una y otra vez.

Las únicas visitas de autoridades, recuerda, no llegaron con apoyos económicos, despensas o tratamientos médicos; llegaron con preguntas: querían información sobre los grupos criminales que operan en la región, nombres que Enrique asegura desconocer porque toda su vida ha transcurrido entre los surcos y las huertas.

«Mi familia compra las medicinas porque yo, la neta, no he tenido apoyo de ningún lado. Del gobierno no he recibido ni lo más mínimo. Lo único que han hecho es venir a hacerme preguntas que yo no puedo contestar porque yo no conozco nada de eso. Yo soy una persona que me dedico a mi trabajo con mis hijos. A mí no me gusta andar en la calle. Los perjudicados somos la gente de trabajo», dice.

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Enrique aclara que nunca ha sabido de otra cosa que no sea trabajar, y durante casi medio siglo su vida ha girado alrededor del campo y de sacar adelante a su familia.

Nunca imaginó que terminaría convertido en una víctima más de una guerra que insiste en alcanzarlo, aunque nunca haya formado parte de ella.

Mientras habla observa sus manos inmovilizadas por las quemaduras: son las mismas con las que durante décadas sostuvo herramientas, cortó limón y levantó cosechas, y que hoy apenas pueden moverse, pero aun así insiste en que los verdaderos afectados por esta violencia son quienes solamente salen cada mañana a buscar el sustento.

Muchos le preguntan por qué no abandona la región y la respuesta llega sin titubeos: en su comunidad permanecen la casa que construyó durante años, unas pequeñas parcelas y el patrimonio que reunió con décadas de trabajo, marcharse significaría renunciar también a todo eso.

«Si hubiera a quién venderle mis pedacitos de tierra, me iba a otro lado. Pero ¿quién me los va a comprar? Si me voy y dejo mis cositas aquí, cuando regrese ya no voy a tener nada. Voy a seguir aquí hasta que Dios quiera. ¿Cómo me voy a mantener? Hay que seguir trabajando», detalla.

Además, teme que dejar su vivienda equivalga a perderla para siempre, pues sabe que si se marcha, quizá cuando regrese ya no encuentre nada, por eso permanece, no porque el miedo haya desaparecido, sino porque abandonar su tierra también representa otra forma de quedarse sin futuro.

Mientras comunidades como El Guayabo, El Alcalde, Cueramato y Cueramatillo continúan denunciando minas explosivas, ataques con drones y desplazamientos forzados, Enrique libra una batalla distinta, es una lucha silenciosa contra las heridas que todavía arden, contra un dolor que no le permite dormir y contra el abandono de un gobierno que, asegura, nunca llegó cuando más lo necesitaba.

Renta una pequeña vivienda en Apatzingán, cerca del hospital, porque cualquier complicación podría obligarlo a regresar de urgencia al quirófano.

«Estamos rentando una casita aquí en Apatzingán para estar al pie de los doctores. Cualquier cosa me tienen que llevar rápido a la clínica. El camino en la noche está peligroso y por eso mejor nos quedamos aquí. Las cosas están muy complicadas, pero ni modo, hay que buscarle para adelante», comenta.

Enrique Anaya sobrevivió a una mina; ahora intenta sobrevivir al olvido
Imagen Mauro Díaz | Acueducto

Al final guarda silencio durante algunos segundos, pero inmediatamente después rompe ese vacío con una frase sencilla, pronunciada con la serenidad de quien ya perdió la esperanza de que alguien repare el daño, pero todavía conserva la necesidad de contar lo ocurrido.

«Yo soy una persona que no me gustan las mentiras. Lo que es, es. Yo nomás les estoy diciendo cómo pasaron las cosas. Yo de mi casa iba al trabajo con mis hijos. A mí no me gusta andar en la calle. Terminábamos de trabajar, un baño y a descansar. Esa ha sido toda mi vida», sentencia.

Afuera, el sol ardiente y seco vuelve a caer sobre las huertas de limón de Tierra Caliente; los caminos siguen ahí; también las minas; lo único que cambió fue la vida de un jornalero que salió a trabajar un lunes cualquiera y descubrió que sobrevivir a una explosión no significa que alguien vaya a ayudarte después.