El pueblo dormido…

Vianey J. Cervantes

Erongaricuaro//Vianey J. Cervantes

A la 1 de la mañana del 1ero de noviembre, el pueblo de Erongarícuaro duerme. La niebla comienza a llenar el aire de las calles, y las puertas rojas de las casas se encuentran cerradas. Hay, sin embargo, destellos de vida por la plaza principal.

La tienda sigue abierta, y el hotel refleja una luz naranja, mezclada con sus decoraciones del día de muertos. Se escuchan risas a lo lejos, como un susurro.

Ahí, inmediatamente a la entrada del pueblo, se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, unido al antiguo convento franciscano. El camino de roca está bordeado por flores de Cempasúchil y velas que, con su llama, reflejan el arco de flores amarillas que cada año decora la calle.

La imagen del templo, enmarcado aquí y allá por las flores del día de muertos y las velas, difuminadas por la suave neblina, daban un aire fantasmal a aquel lugar. Entre tanto y tanto, mujeres pequeñas con rebozos de color negro salían de entre las puertas de la Iglesia, y caminaban de regreso a sus hogares.

El camino hacia el panteón municipal es empinado, fácil a la memoria como al corazón de quien lo visita.  Al final de la calle, otro marco de cempasúchil da la bienvenida, al inicio de un camellón con un par de palmas.

Al fondo, una pared blanca con un personaje realizando la «danza de los viejitos» reza «Erongarícuaro»; una puerta negra da entrada al panteón, afuera una familia vende café, cerveza y atole. Los perros caseros dormitan sobre la hierba, ni siquiera se molestan en ver qué carro llegó ni a dónde.

Al dar el primer paso al interior del panteón, se escuchan de nuevo las risas en forma de murmullo; una familia disfruta la noche en compañía de sus muertos. Con papel picado crearon una cerca alrededor de la tumba del padre, con bancos se sentaron a su lado y con velas iluminaban la noche, entre copa y copa.

Las tumbas se encuentran llenas de flores, desde marcos de cempasúchil hasta jarrones con lilys y rosas o simples pétalos esparcidos sobre los nombres. El ambiente es más íntimo, la cercanía de la muerte se hace palpable y entra como fría niebla a los pulmones de los vivos, dejando una sensación helada en el pecho.

Hay cinco familias en el cementerio. Ubicadas cada una a los cuatro puntos cardinales, y una más al centro, entre un par de tumbas con dos cristales vacíos y una cerveza Modelo.

A la derecha, en una tumba dos chicas y un niño con sudadera gris conversan, parece que el frío no los toca. Atrás, un grupo de jóvenes cantan al lado de un montículo de tierra, una sepultura sin lápida. Una muerte reciente.

Ríen, y desde luego, beben. Los conocidos ‘fiesteros’ vasos rojos se movían en sus manos al ritmo de la voz de Luis Miguel y su canción «La incondicional». Hablaban entre ellos, y jugueteaban con el recuerdo del amigo fallecido.

Sin embargo, la canción «Al Final…» de Enrique Bumbury comenzó a sonar, y llenó de silencio sus rostros. Con la mirada baja, se mecían al ritmo del viento que animaba las ramas de los árboles, en un lento ir y venir.

Solo el coro salía de sus gargantas, y aun así, en un susurro que no despertará a los muertos de al lado.

De la tumba del centro, donde me encontraba yo, salía el aroma del copal; las velas brillaban en cada esquina del libro donde se leía los nombres de los ‘visitantes’ de aquella noche de muertos.

Mientras decoraba con la ‘flor de los muertos’ la tumba, se llenaba mi ánimo de una espiritualidad embriagante y sincera, el silencio de la noche cubría cada rincón, y hasta las risas del vecino sonaban distantes.

En aquel cementerio reina la nostalgia y la risa, el significado de esta tradición abre la puerta al reencuentro, los ojos se llenan de lágrimas de añoranza y de incertidumbre, las familias comparten la noche con la tumba, platican como quien se actualiza en noticias con un viejo amigo, recordándole que, no importa el tiempo, nunca lo van a olvidar.

Al salir del panteón, el aire recobra su ligereza y cambia el aroma del copal por el del café y el pasto; a lo lejos se vislumbra la isla de Janitzio, y sus luces se reflejan en el lago de Pátzcuaro, mientras en el cielo, las estrellas brillan con más fuerza; un paisaje de destellos y reflejos…

Así era la noche del 1ero de noviembre en Erongarícuaro, Michoacán, un ‘sitio de espera’, donde cada año busco volver para sentir cerca a quienes se adelantaron, poco o mucho…