Morelia/Acueducto
La mayoría de los mexicanos que considera a la Virgen de Guadalupe como madre y patrona demuestra un rasgo emotivo de devoción a través de un peregrinaje hacia donde se sitúa la venerada imagen, para sostener un encuentro espiritual.
Pero, en esas peregrinaciones tienen un lugar especial aquellas personas que los 12 de diciembre de todos los años se dirigen mayoritamente hincadas a los santuarios para pagar, en diversas formas, mandas por los milagros y/o favores recibidos por la Virgen de Guadalupe.
Sin embargo, para la iglesia católica, la peregrinación no concluye al llegar al santuario y participar en los actos de litúrgicos o de devoción, o en firmar el libro de peregrinos, o de adquirir algunos recuerdos como estampitas, medallas y hasta agua bendita.
No, para la jerarquía religiosa esa manifestación debe tratarse de » recargar las energías » de cobrar nuevo vigor e impulso para llevar y hacer presente la gracia de Dios al volver a casa, así como entusiasmar y alegrar a los miembros de la familia, de la comunidad que no pudieron asistir.
“Las peregrinaciones favorecen la práctica de los valores cristianos, estimulan un culto integral a Dios (ver, oír, cantar, escuchar, tocar, convivir, etc.) y nos dispone a ser agradecidos y ante todo nos recuerda nuestra común subsistencia y la necesidad de una salvación comunitaria”.
Y, bueno, hay que recordar como antecedente que las peregrinaciones en honor a Virgen María cobran fuerza entre los siglos V-VII principalmente en Nazaret, aunque no es hasta los siglos XIV-XVII cuando lograron su más alto esplendor y participación.





