El pájaro prieto

Foto: Enrique Castro

Uruapan/Martín Equihua

“Me gusta bailar, pero ya no puedo”, dice, mientras sus ojos de miel recuerdan los valses, los sones tierracalenteños y los zapateados del norte y el sur, “tantito de todo” de lo que bailaba. Cantar aún le gusta. Sus preferidas siguen vivas en su alma. Por ejemplo, El pájaro prieto, La morena, El son de los caracoles, y para que no quede duda, en el acto pone la muestra con una voz de niña entonada:

“Yo soy el pájaro prieto/ que solito me mantengo/ las palabras que me diste/ en mi corazón las tengo/ como no me las cumpliste/ a que me las cumplas vengo…/”, modula desde lejos en el tiempo. No sabe si en la celebración de sus cien años podrá cantar alguna pieza, pero si se ofrece, estará lista.

Para estar bien a un siglo de su primer respiro, en un rápido recuento, Audelia dice que come y duerme bien, aunque le “da mucho pendiente de todo”; se preocupa, se angustia, y así vive, contra lo que opinaría tanto baquetón y conchudo que anda por los cuatro rincones del mundo, convocando a la indolencia y a la contemplación apática.

Sin chistar, responde pronto que son sus hijos, tanto los vivos como los muertos, lo que más adora de premio en esta vida centenaria. Sus tristezas: la muerte de su esposo y la de los siete nacidos de su vientre. La de Pancho que ocurrió 40 años atrás, fue terrible para su alma; la embolia se lo arrebató.

De salud le ha ido bien. Aunque en los últimos años, “bien y mal”, pues de pronto se enferma. Lo más grave ha sido la tifoidea que ya le ha pegado dos veces; tal vez por los tacos callejeros, pero qué se le va a hacer si “están bien sabrosos, con su chilito”. La primera vez fue a sus 97 años. Los médicos no daban con la enfermedad y ahí perdió fuerzas y ánimo; la segunda tifoidea fue hace unos meses. Desde entonces camina con andadera y se mueve menos. La debilidad de su cuerpo se entronizó. Ir ya de la cama a la cocina o al baño, es toda una Odisea.

QUESOS Y CONCHUDAS

En sus conversaciones se cruzan los planos del tiempo. Las escenas se mezclan. Su tierna infancia de huérfana apadrinada y la casa de piedra de su niñez, con la casa de Pancho y de Celsa ciega; el trabajo de los medieros en las parcelas de una y otra casa; los nombres y colores de los caballos; las visitas a Aguililla a comprar el vestido anual para el día de la virgen, hospedándose con su tía Isabel, a la que le mataron el marido, quien de por sí “debía vidas, y tenía cuentas pendientes”.

Se cruzan los tiempos y las imágenes de los trabajadores que ordeñaban las vacas, o las desahijaban en el momento justo, sobre todo en los veranos lluviosos, cuando el alimento abunda. Juntaban la leche en tarros de madera de rabelero, la misma que se usa para las arpas celestiales. Cada trabajador tenía su tarro, lo personalizaba de algún modo, le ponía mecate para poderlo agarrar, lo cuidaba, lo limpiaba, lo marcaba; y de ahí vaciaban la leche en canoas de parota, de donde la distribuían en tinas para ponerles el suero para cuajarla.

Enrique Castro

Dicho suero o cuajo, como se ha sabido desde el amanecer mismo de la domesticación, se obtiene de uno de los estómagos de los becerros lactantes. Ya un buen quesero debe calcular la cantidad exacta por tina, la temperatura, el tiempo, pues de eso dependerá la calidad de los quesos. Una vez que cuajaba la leche, se hacían bolas que se colocaban en bolsas de tela en las que se exprimían sobre una artesa también de parota, y ya con la consistencia apropiada, colocaban esa clase de masa en los aros de madera donde el queso terminaría de adquirir consistencia, para ser después trasladados en bestias hacia Aguililla, la cola del diablo, como algunos le dicen.

No se le ha borrado todo el trajín de la leche y los quesos; entrecierra los ojos mientras habla, y ahí está mirando en su interior y describiendo las más de 30 piezas que sacaban por echada, y cómo en sus aros atados eran llevados a lomo de bestia; y mirando el suero escurrido de las bolsas de tela, del que sacaban el requesón al que le ponían dulce para el consumo de casa y para que los trabajadores llevaran a la suya; rememora cómo sacaban el jocoque antes de que cuajara la leche, pues al vaciar las canoas, “la gordura que quedaba era el jocoque”, y después las bolas grandes de mantequeilla que colgaban en las mismas bolsas para que escurrieran para delicia de los enjambres de moscas. No sabe si ahora se sigue haciendo así el queso y su familia de lácteos, pero ha oído decir que ya usan muchos químicos y cubetas; y no como en su casa, la casa de Pancho, y menos la de más antes, la de su padrino Rafael quien le ayudo a hacer cuerpo para la vida.

Foto: Enrique Castro

Los padrinos Rafael y Crecencia sustituyeron la crianza, porque el padre se le murió en su primer año de vida, cuando le picó “una conchuda” en la cara, esa especie de garrapata de concha dura que como vampiresa se adhiere a la piel provocando comezones insoportables por todo el cuerpo. Es una clase de araña chupadora de sangre originalmente del ganado, pero que cuando se tiene la mala suerte de cruzarse en su camino, infecta con su saliva y excremento a cualquier desafortunado. La gente dijo que tal vez se le había pegado antes a una víbora venenosa para después transmitirle al papá el mortal veneno.

Le picó en la frente y con la mano se la quitó, y todavía alcanzó a ir a un baile, y ahí no dejaba de tallarse por esa comezón indecible, y sus amigos le decían que no se preocupara y que siguiera bailando y tomando alcohol, pero al cruzarlo con el veneno -según el diagnóstico del rancho-, le costó la vida, dejando a cinco huérfanos, entre ellos a Audelia.
Aunque la verdad sea dicha, ella no se sintió huérfana, porque sus padrinos y tíos a la vez -Crecencia fue hermana de su papá-, le dieron de comer a su madre, a sus hermanos y a ella, y se encargaron de que tuviera un horizonte hacia donde mirar. De hecho, fue una chiqueada de ellos, como bien lo parece ahora, con sus manos finas que dibujan las palabras mientras habla a pausas.

Foto: Enrique Castro