Editorial | Michoacán: La extorsión, el cuento de nunca acabar
Una cosa es la narrativa gubernamental que presume cifras alegres y otra muy distinta la realidad del cobro de piso, presente en decenas, centenas y miles de calles del territorio michoacano. No existe un solo sitio en el que se respire libre de este delito. Las escasas aprehensiones exhibidas ante los medios solo sirven para maquillar informes de administraciones que dejan mucho que desear.
La extorsión muta constantemente y se apodera del ingreso diario tanto de pequeños emprendedores como de grandes empresarios. Los operativos policiacos y militares emergen únicamente en tiempos de crisis mediática. Hoy en día, ningún municipio puede presumir de una paz verdadera bajo el asedio constante de las cuotas. Las estructuras delictivas se reciclan y heredan el despojo criminal sin oposición alguna.
Hasta el momento, ninguna estrategia diseñada desde el escritorio ha logrado borrar el dominio delincuencial en las regiones. Los mandos policiales suelen pernoctar en sitios álgidos, mayoritariamente sin pena ni gloria, para luego regresar a su comodidad. Mientras tanto, la ciudadanía absorbe la cuota ilegal impuesta por los gatilleros ante la total impunidad.
La justicia se queda atrapada en promesas de tribuna, a la vez que el tejido social se desploma de forma acelerada. No hay rincón seguro donde el cobro de piso haya sido erradicado por completo de la vida pública. Por ello, la verdad del territorio contradice la paz artificial que se pregona desde las vocerías gubernamentales de la entidad.
Michoacán continúa, como antes, atrapado en una inercia oficial que ha sido completamente rebasada en los hechos. La extorsión es el verdadero termómetro con el que se mide la alarmante ausencia del Estado de derecho. Sin duda alguna, mientras no existan territorios libres, el discurso institucional no pasará de ser una tregua de cristal.





