Editorial | ¿A qué viene, señora presidenta?

Imagen IA

Editorial | ¿A qué viene, señora presidenta?

La primera visita de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo a Apatzingán no admite la complacencia retórica oficial ni el optimismo de las giras de Estado. En tanto la maquinaria gubernamental despliega su logística en esa parte de Tierra Caliente para anunciar microcréditos de bienestar y en Morelia para proyectar planes de vivienda, la periferia de esos perímetros de seguridad dibuja una realidad implacable: un estado atrapado en una emergencia humanitaria y de seguridad que el discurso federal insiste en matizar. Ante la disonancia entre la agenda pública y el desamparo civil, una interrogante rigurosa se impone desde una parte del periodismo: ¿A qué viene, señora presidenta?.

Michoacán se ha convertido en un síntoma de una disfunción institucional profunda, donde la transferencia de subsidios resulta insuficiente frente a la pérdida sistemática del control territorial.

La Tierra Caliente, el motor agrícola que recibirá la comitiva presidencial, opera bajo un régimen de gobernanza criminal. Los datos de la Fiscalía General del Estado son incontestables: entre enero y septiembre de este año, las denuncias por extorsión escalaron a 323 casos registrados, quebrando la relativa contención observada en el bienio anterior. Sin embargo, el verdadero calibre de la crisis habita en la cifra negra: la ENVIPE estima que el 97.4 por ciento de los delitos de extorsión no se denuncian por el fundado temor a las represalias. En los campos de Apatzingán, agrupaciones como la Unión de Productores y Empacadores de Limón de la Tierra Caliente han denunciado que el libre mercado ha sido suplantado por el arbitraje de los cárteles. Introducir programas de financiamiento en una economía local asfixiada por el cobro de piso es, en el mejor de los casos, un paliativo cosmético; en el peor, una desantención deliberada de las causas estructurales.

La fragilidad del tejido social en la entidad ya no se traduce únicamente en pérdidas económicas, sino en un éxodo masivo y silencioso. Estadísticas del INEGI publicadas en septiembre de 2026 revelan que el 2.1 por ciento de los hogares en Michoacán –más de 28 mil núcleos familiares- cuenta con al menos un integrante víctima de desplazamiento forzado interno. Monitoreos académicos del Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana confirman esta tendencia al situar a la entidad en el Top 3 nacional de este flagelo, documentando el flujo reciente de 3 mil 362 personas formalmente desplazadas por incursiones armadas, proliferación de minas terrestres antipersonal y el uso de drones con explosivos en zonas ejidales periféricas. Colectivos de apoyo al migrante y desplazados en la región han señalado que el derecho constitucional a la vivienda digna carece de sentido práctico cuando el Estado es incapaz de garantizar el derecho primario a permanecer en forma segura en el propio hogar.

A la crisis humanitaria se añade un vacío de autoridad de alta gravedad. La procuración de justicia en el estado atraviesa un impasse crítico tras encadenar meses consecutivos sin un fiscal general titular definitivo. Esa ausencia institucional coexiste con repuntes delictivos alarmantes: el estado reportó 32 víctimas de secuestro entre enero y agosto, mostrando un incremento que supera la totalidad de las incidencias del año previo. Pero la mayor deuda del Estado mexicano radica en los ausentes. Michoacán ha rebasado el umbral histórico de las 8 mil personas desaparecidas y no localizadas, consolidándose como la cuarta entidad con mayor incidencia en el país. El mapa de la desaparición, rastreado a pie y con palas por colectivos civiles como Desaparecidos de la Costa y Tierra Caliente, Familiares Caminando por Justicia y el de Madres Buscadoras de Michoacán, adquiere un matiza desgarrador al constatar que 710 de las víctimas eran menores de edad al momento de su desaparición.

Reducir la presencia del Ejecutivo federal en Michoacán a una tribuna para solo la entrega de asistencias sociales implicaría ignorar la profundidad del mandato democrático. Una no menor parte de la ciudadanía michoacana no demanda prebendas, sino restauración del Estado de derecho, la vigencia del pacto federal y la desarticulación de los poderes de facto que gobiernan la cotidianidad. Si la agenda presidencial elude, por decir, las fosas clandestinas, el confinamiento rural y las exigencias de los productores extorsionados para priorizar la narrativa del bienestar, la gira incurrirá en una preocupante indolencia burocrática. Una cobertura rigurosa exige confrontar los datos duros con la propaganda; de lo contrario, la pregunta de la sociedad civil seguirá desprovista de respuesta: ¿A qué viene, señora presidenta?.

Si, veremos…