Dublinesca: el ocaso de la palabra impresa y la deriva anglófila de Vila-Matas

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HÉCTOR DIMAS


“Dublinesca”, de Enrique Vila-Matas, no se concibe en modo alguno como crónica de diásporas, aunque su figura central sucumbe al magnetismo de lo irlandés —o, en sentido lato, de lo inglés, entendido como adopción efectiva de otra cultura— y resuelve desplazarse a Dublín para celebrar allí un rito exequial por la época de la imprenta, la era gutenberguiana, que juzga ya agónica. Samuel Riba, editor de renombre y recientemente apartado de su oficio, quizá el último vestigio culto de su estirpe profesional, pretende oficiar el duelo por el ocaso de la novela literaria, eclipsada por la proliferación de artefactos neogóticos y éxitos de mercado. Al instituir el “Ulises” (1922) de James Joyce como epítome de una edad que declina, Riba dispone ejecutar la liturgia fúnebre en la capital irlandesa el 16 de junio, fecha del Bloomsday.


Lo impelen a desertar de España razones íntimas. Desde que abandonó el alcohol dos años atrás, tras un colapso físico que lo condujo al hospital y casi le arrebata la vida, devino un anciano colérico para quien todo es motivo de irritación. Casi sexagenario, sin descendencia, comparte techo en Barcelona con Celia, su consorte, que ha conminado a dejarlo si reincide en la bebida. Confinado en su morada, consume jornadas en la red con el ensimismamiento de un “hikikomori” japonés y se imputa no haber hallado, en treinta años de labor editorial, al autor joven e ignoto que encarnara el genio literario del ciclo venidero. Se experimenta vacuo y progresivamente ajeno a lo real. En la cúspide de su carrera, aquel vacío se colmaba catalogando autores: el repertorio que erigió y que lo convirtió en mito del medio editorial. Aquello constituía el núcleo de su identidad, junto a una intensa sociabilidad. Al iniciarse el relato, en mayo de 2008 —los dos segmentos restantes corresponden a junio y julio del mismo año—, apenas abandona el piso salvo para visitar a sus progenitores ancianos, residentes aún en la casa de su infancia, lo que acrecienta su percepción de reclusión y de suspensión temporal.


Concurren, no obstante, móviles culturales que le imponen la exigencia de un viraje. El propio Vila-Matas ha reconocido la densidad autobiográfica, convenientemente cifrada, que atraviesa el retrato de Samuel Riba. El escritor pertenece a aquella promoción que alcanzó su madurez y publicó sus textos inaugurales en los sesenta y setenta, cuando Barcelona oficiaba de Meca de la modernidad en una España tradicionalista y retardataria. Su proximidad continental le conservó un halo cosmopolita y la erigió en excepción dentro del páramo cultural franquista.


Allí radicaban las imprentas más temerarias —Lumen, Seix Barral, Tusquets— y allí germinó la trayectoria de los intelectuales más heterodoxos y transgresores: los Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, Juan Marsé, Ana María Moix, Félix de Azúa, Manuel Vázquez Montalbán. Para aquella generación, la cultura francesa operaba como canon y las letras galas como paradigma estético. Enrique Vila-Matas se inscribe con nitidez en esa genealogía y su nombre permanece asociado al cenáculo de creadores francófilos barceloneses. Si en el plano ficcional somete a su protagonista a una crisis ontológica, el propio autor atravesó en 2006 una insuficiencia renal severa que requirió intervención quirúrgica vital. Tras aquella experiencia, reexaminó su trayectoria y postuló la necesidad de un horizonte distinto. En la novela, tal mutación se traduce en anglofilia o en “dar el salto inglés”, según su formulación. Sus allegados le auguran que esa deriva lo tornará más maleable, más leve, más dado a la ironía. Si otrora desertó de España hacia Francia para sustraerse de “el eterno verano inculto del Franquismo”, donde alardear de no haber leído el “Ulises” por tedioso e impenetrable era gesto común, acaso ahora corresponda virar el rumbo, y las letras anglófonas se perfilan como la opción más promisoria.


Aquí el nexo con los móviles iniciales —el deslinde de la cultura francesa— se torna más lábil. En la obra, lo irlandés se diluye en lo angloparlante. No es Dublín sino Nueva York donde el protagonista halla la médula de la dicha. De aquel confín europeo le seduce precisamente su condición de otredad: “lo inglés el umbral de la diferencia, el inicio de lo exótico”. Para su recomienzo vital, Riba se propone deslatinizarse, y en un país ajeno al eje hispano-francés quizá recobre la extrañeza de lo real. Dublín, ciudad que jamás ha hollado, se le revela como el locus idóneo para encarnar la extranjería.


Si bien su atracción por Dublín carece de sustento empírico firme, la devoción por la literatura irlandesa suple esa ligazón precaria con Irlanda.

“Dublinesca” es una novela eminentemente libresca y los textos ajenos ocupan un lugar axial. La “literatosis”, obsesión por el libro, término forjado por Juan Carlos Onetti y adoptado por Vila-Matas, ha sido constante en su poética, aunque aquí se vertebra una trama más consistente que en buena parte de su obra previa. El primer palimpsesto que emerge al excavar la superficie narrativa de Vila-Matas es, desde luego, el “Ulises”, y resulta revelador que el autor capture aquello que Declan Kiberd define como rasgo constitutivo de la novela joyceana: varones espectrales y una masculinidad en crisis. En su funeral por la era tipográfica, Samuel Riba reitera sin disimulo las honras de Paddy Dignam del capítulo 6 de Joyce. El segundo día en Dublín, 16 de junio de 2008, él y tres camaradas —como Leopold Bloom en carruaje fúnebre con Simon Dedalus, Martin Cunningham y Jack Power— acuden al Cementerio Católico de Glasnevin, donde reposa Paddy Dignam. Las exequias por la era Gutenberg, oficiadas hacia el final del segundo segmento en la capilla del camposanto, se despliegan confusas, fragmentarias y lúdicamente dislocadas, como corresponde a una reescritura contemporánea de un texto canónico.

Samuel Riba, actualización de Leopold Bloom según Vila-Matas, semijudío y forastero entre los suyos, declama el poema “Dublinesque” de Philip Larkin, del cual la novela que leemos toma su designación. Fuera del cementerio, un individuo con impermeable, ajeno al séquito, captura su atención y luego se disuelve en la niebla. Nuevo guiño intertextual al «Ulises», donde un personaje enigmático con idéntica indumentaria irrumpe fugazmente en reiteradas ocasiones. Vila-Matas concibe “Dublinesca” como imagen reduplicada en una cámara de espejos: en el segmento previo, Riba había atisbado en Barcelona su propia versión del hombre del impermeable bajo la figura de un joven con chaqueta Nehru. En cualquier caso, aquel sujeto del cementerio introduce la figura tutelar del tercer y último segmento: Samuel Beckett.


Durante su errancia dublinesa, y aun antes, al proyectar el viaje, las alusiones a Brendan Behan, W.B. Yeats y Flann O’Brien, entre otros, han compuesto un trasfondo literario irlandés de alta densidad alusiva. Adviene entonces el tiempo de Beckett. Cabría afirmar, en rigor, que Riba viajó a Dublín tras las huellas de Joyce y halló a Beckett. Resulta coherente, en suma, clausurar con Beckett tras haber transitado por Joyce; si este encarna la potencia de la palabra, tras su eclipse la única deriva lógica es la exploración del silencio que aquel representa.


Al interrogar obsesivamente la condición de la soledad, la derrota y la desesperanza, Vila-Matas rinde en “Dublinesca” un homenaje probo a su autor tutelar. El hallazgo venturoso de fragmentos de “Molloy” y “Murphy”, sutilmente enmascarados en el tercer segmento del volumen, intensifica la impronta solipsista de su prosa. Qué le acontece a Samuel Riba en el episodio conclusivo y onírico del libro habrá de descubrirlo el lector: si consigue o no sobrevivir al entierro de la literatura y al vértigo de su tránsito por Dublín. Los lectores de Vila-Matas presumirán, en todo caso, que, cualquiera que sea el desenlace, persistirán estratos múltiples de materia literaria por descifrar y ponderar.


“Dublinesca” inaugura acaso un rumbo nuevo en la trayectoria de un autor cabal y reputado. Constituye, sin duda, una pieza narrativa incitante y enigmática.