Morelia/Vianey J. Cervantes
A las afueras de la Catedral de Morelia, pequeños puestos de palma, ramos y rosarios se asentaron, mujeres tejiendo y niños jugando es lo que se ve a primera vista. Las puertas de la iglesia máxima de la ciudad están abiertas de par en par, en ellas, un par de monjas venden el periódico ‘Comunidad Cristiana’.

Por dentro, el magnífico templo se encuentra lleno, el silencio de la fe ocupa los lugares vacíos, solo la voz del padre, al fondo del templo, se escucha, seguida de algunos estornudos y uno que otro niño balbuceando.
Las luces de los candelabros iluminan a los fieles, muchos de los cuales tienen en sus manos distintos tipos de ramos, con formas que van desde Jesús en la cruz, hasta pequeñas trenzas de palma. El contraste es notorio, la mayoría de las personas son adultos mayores que miran con añoranza a la figura central del templo; en los confesionarios, las mujeres, de rodillas, hacen su confesión ante Dios.
El recién nombrado arzobispo Carlos Garfias Merlos encabeza la ceremonia, los fieles, de pie,

escuchan el sermón, que esta ocasión narró la travesía de Jesús de Nazareth hacia la cruz, la traición de Judas y la elección de Barrabas por encima del hijo de Dios.
Las voces de los feligreses corean, responden, suplican… parece que hasta las obras de arte que cubren las paredes responden a las plegarias. No hay un solo lugar vacío en el templo, un señor mayor cede su asiento a una mujer que buscaba espacio en las butacas.
Se escuchan entonces las campanas que llaman al silencio, un segundo después comienza un cántico que alaba a Dios, que quitas el pecado… Incluso para los no creyentes, la sensación que irradiaba en el recinto era como la unión de almas, de vidas y siglos de fe, todas en una hermosa catedral.
Al frente, una voz nos pide dar el saludo de la paz, desconocidos y conocidos se dan la mano con un gesto de amor, deseando la paz el uno para el otro, sin importar origen ni género. Es uno de los actos más puros que veo en la misa; una mujer pequeña con una larga trenza y un rebozo negro camina apresurada y cantando, da la paz a todos con quien se encuentra, llega hacia mí y me da una sonrisa benevolente, es una mujer mayor completamente entregada a Dios.
Carlos Garfias se dirige al centro del templo, al fondo, las voces de un coro cantan “Señor, ten piedad de nosotros…”, las personas caminan hacia el frente, tres padres se reparten para entregar el cuerpo y sangre de Cristo a los fieles. Las filas de la eucaristía son largas, todos quieren recibir al Señor.

El magnánimo órgano de la Catedral de Morelia llena el templo con su suave música, un coro entona la despedida de la misa, el arzobispo pide que no se entretengan, pues la siguiente misa pronto dará inicio y desean mantener la puntualidad.

Las puertas de la Catedral, las laterales y la principal, ven salir largas filas de cabezas michoacanas, con los ramos bendecidos en mano y sobresaliendo en el aire, bajan la mirada al cruzar la puerta, se persignan y con un silencioso “amén”, levantan los ojos al cielo y vuelven al ajetreo de la ciudad.




