En pleno Día del Trabajo, José Macías Estrella demuestra que el oficio no se jubila: a sus 71 años, divide sus días entre computadoras, pintura y proyectos que siguen naciendo.
Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Mich. | Agencia ACG.- No es común ver a un hombre de 71 años con las manos metidas en una CPU, revisando tarjetas, soplando polvo de los ventiladores y diagnosticando fallas con la precisión de quien lleva años haciéndolo. En un oficio que suele asociarse con personas más jóvenes, José Macías Estrella rompe la idea sin hacer ruido, desde su taller, rodeado de máquinas abiertas y piezas que otros ya dieron por muertas.
El lugar está lleno de piezas y pinturas que el mismo hace sobre las paredes. Sobre una mesa hay computadoras desarmadas; en otra, cables, discos duros y herramientas. El movimiento es constante, aunque no parezca urgente. Aquí llegan clientes por recomendación, de a poco, dos, tres, cinco al día. No necesita más.
Dice que con eso alcanza para sostenerse, pero también para seguir aprendiendo.
Hace más de 20 años no era técnico. Rentaba un internet y observaba. Cada vez que una máquina fallaba, tenía que pagar por repararla. Lo que veía le llamó la atención: arreglos rápidos, y un buen cobro. Ahí nació la inquietud. No fue escuela ni maestro, fue necesidad.
«Veía que hacían dos, tres cosas y en un ratito sacaban bastante ganancia… ahí me nació el deseo de arreglarlas», recuerda.
Aprendió como pudo. En internet, cuando la información era escasa, cuando no había tutoriales al instante ni respuestas automáticas. Era buscar, intentar, equivocarse. Ese proceso, dice, es lo que hoy hace la diferencia.
Con el tiempo abrió su propio negocio. Llegaron clientes, luego más. Algunos desconfiaron de otros lugares y regresaron. Otros llegaron por recomendación. Así se fue armando una clientela que no depende de anuncios, sino del boca en boca.
«Cuando tienes un buen trato y haces bien tu trabajo, siempre vas a ganar más clientela», afirma mientras ajusta una pieza con cuidado.
Entre lo viejo que revive y lo nuevo que desplaza
El oficio no se ha detenido. Al contrario, ha crecido. Cada vez hay más dispositivos, más fallas, más actualizaciones. Pero también más desecho. La gente cambia de equipo con facilidad y deja atrás computadoras que aún funcionan o que pueden hacerlo.
José las recoge, las repara, las arma de nuevo. Las vende a bajo costo, hasta en 600 pesos. No es solo negocio, también es una forma de mantenerlas vivas y de hacerlas accesibles.
«Junto todas las computadoras, aunque estén viejitas… las volvemos a reactivar y las vendemos económicamente», explica.

En su taller no solo compran usuarios comunes, también otros técnicos que buscan piezas. El flujo es constante, aunque no siempre visible. Dice que hay días mejores que otros, pero nunca falta trabajo.
Sobre los cambios tecnológicos, no se muestra rebasado. Reconoce que hoy es más fácil aprender, pero no cree que eso sustituya la experiencia. Habla de la inteligencia artificial como una herramienta útil, pero no definitiva.
«Tu cerebro es la mejor guía que tienes… no debes depender de algo que no existía», dice.
La edad, insiste, no es una barrera. Nunca lo ha sido para él. «Mientras tengas deseos de hacer cosas, eso no importa… la edad no importa», afirma.
Pintar para no quedarse quieto
El taller no termina en las computadoras. En las paredes hay otra historia: decenas de pinturas. Rostros indígenas, paisajes, escenas que mezclan memoria e imaginación. El espacio se convierte en una especie de galería improvisada donde conviven la tecnología y el arte.
Pintar no es un pasatiempo ocasional. Es una necesidad. Una forma de descargar lo que, dice, se le acumula en la mente.
«Es mi hobby principal… me fascina pintar. Es una forma de relajarme, de inspirarme», cuenta mientras señala algunos cuadros.
El origen está en su infancia. En su madre, que cosía y dejaba a la mano lápices, telas, colores. De ahí tomó el impulso inicial. Luego vinieron los intentos, la escuela, la práctica constante. Nunca terminó una carrera formal, pero sí tomó lo que necesitaba de cada disciplina.
Estudió artes plásticas, arquitectura, diseño. No para titularse, sino para entender mejor lo que hacía. Para mejorar su trazo, su perspectiva, su forma de ver.
«Aprendí lo que quería aprender… todo era para hacer cosas mejores en la pintura», explica.
Esa misma inquietud lo ha llevado a hacer más cosas. Escribe una novela, canta, participa en cortometrajes. No se detiene en una sola actividad. No le interesa.
Dice que el problema no es la falta de tiempo, sino de intención. Que siempre hay algo que se puede hacer, aprender o intentar.
«El chiste es no apagarse… buscar la forma de animarnos, de motivarnos, de seguir», afirma, mientras que en su taller, entre máquinas viejas que vuelven a funcionar y cuadros que llenan las paredes, José mantiene el mismo ritmo de un jóven.





