Morelia/Nancy Viridiana Herrejón
Las manos un poco temblorosas hojeaban el periódico, títulos improvisados y uno que otro desacuerdo con las publicaciones provocaban muecas en su rostro; una secretaria entró y le dio un aviso, “es importante” dijo la mujer, él lo leyó con la atención debida, se levantó de su asiento y en un papel escribió algunos nombres, luego llamó a la secretaria y pidió comunicarse con esas personas, ella asintió.
Era cuestión de espera, desde julio de ese año (1968) las escuelas preparatorias y universidades nacionales realizaban acusaciones a su figura, era “Díaz Ordaz, el gorila autoritario”. Reflexionaba, silenciosamente armaba escenarios en su mente, no era para menos, estaba a diez días de ser anfitrión de las Olimpiadas, grave y con los labios yermos escupió, “esto debe acabar”, se decía mientras salía de su oficina, lento y pesado como una sombra.
Era el 2 de octubre de 1968, el Consejo Nacional de Huelga había convocado a una gran manifestación en contra de las medidas implementadas por el gobierno de Díaz Ordaz para subsidiar los juegos olímpicos y su política represiva ante las manifestaciones, para la crisis económica que vivía México el ser anfitrión de dichos juegos era un lujo, un descaro ante un pueblo con hambre.
“Iba saliendo de la preparatoria, sabía con unos amigos de la manifestación, iríamos de cualquier manera, nunca imaginé que después de esa tarde no volveríamos a vernos” dice Félix mientras aprieta el periódico con las manos, su vista se pierde, sus manos de 69 años tiemblan como aquella vez.
Félix H. tenía aproximadamente 18 años por aquel tiempo, estudiaba y como algunos se identificó con las manifestaciones y sus peticiones, sólo recuerda que llegaron a la plaza bromeando, tras escuchar los disparos saltó y corrió como nunca “un hombre me dijo que me metiera a su carro, al salir tiempo después no podía reconocerme”
Eran las 17:50pm, estudiantes y profesores de la UNAM, el IPN, Chapingo y demás escuelas preparatorias, además de amas de casa, obreros, intelectuales se manifestaban en la Plaza de las Tres Culturas. En el edificio Chihuahua los moderadores daban su discurso, el viento cercaba cuanta palabra y voz era lanzada, a veces se perdía pero aun así se escuchaba.
A las 17:55pm, dos luces, una carmín y otra esmeralda brillaron en ese cielo tan claro que abrazaba a tantas voces y manos, a la par de esas señales luminosas, cerca de las 18:10 pm un helicóptero comenzó a sobrevolar la plaza transformando la quietud celeste en un caótico y confuso techo, es entonces cuando los francotiradores del Batallón Olimpia (nombre tan simbólico y desgraciado) comenzaron a disparar contra la multitud.
Lourdes Uranga, doctora en Antropología, feminista y activista social, cuenta que estaba en el salón de clases cuando llegaron compañeros corriendo “¡están matando a los muchachos en la plaza!” sólo el silencio y mirarnos sin querer hacerlo, “ era como si su muerte llegara hasta nosotros”.
Desorden, gritos, miedo, el anfiteatro prehispánico comenzó a sembrarse de muerte y heridas, a regarse con la sangre de los más jóvenes de sus hijos. Unos pudieron correr y escapar, otros se tornaron a inmóviles bultos grises amurallando la plaza.
De nuevo en su oficina Ordaz preparaba su discurso, un ligero movimiento de manos, piernas juntas, zapatos lustrados, y el halo de la muerte rondando la ventana. “20 muertos cifra oficial”, “ellos comenzaron a disparar, los soldados solo se defendieron”.
El Hospital estaba resguardado por el Ejército, nadie sin autorización presidencial podía ingresar; cuando él llegó la compasión del circo burócrata fue de a tacto, los funcionarios se acercaron a los heridos, los miraban como si fuese una exhibición de pedazos de carne.
Pachita, prefiere guardar su nombre, aún se dedica a militar, se cuida. “Es tan borroso recordar todo, sólo me veo corriendo, agarrada de la mano por alguien que en el susto olvidé quien era, Ruth era mi compañera de clases, buscamos donde escondernos, llegamos a una calle donde había mujeres galantes, -¿ustedes andaban en la plaza?- nos preguntó una de ellas, asentimos con desconfianza, y ellas nos refugiaron en su cuarto y nos dieron té y pan.
Después nada, la información se manejó de manera discreta y oficial, la plaza fue limpiada, más el color de la sangre nunca se borra. Las Olimpiadas transcurrieron con normalidad, algunos atletas sabían lo que había ocurrido, más los deportistas mexicanos debían callar, la gloria y el compromiso a veces saben a patria, otras a mentira, a resignación. México estaba de fiesta, los globos gobernaron aquel cielo en octubre dos caótico.
Años después en una conferencia de prensa, aquel hombre de manos temblorosas y zapatos lustrados declaraba lo siguiente ante la pregunta de un reportero acerca de su sexenio como presidente “Estoy muy contento de haber servido a mi país en tantos cargos como lo he hecho; estoy muy orgulloso de haber podido ser presidente de la República y haber podido servir a México. Pero de lo que más estoy orgulloso de esos seis años es del año de 1968, porque me permitió salvar al país, les guste o no les guste”
A veces no hay palabras.




