Crónica | Mercado de dulces, viaje en el tiempo

El Mercado de Dulces, tiene una especial peculiaridad: redescubrir antiguos sabores de dulces típicos y los juguetes tradicionales y artesanos con los que anteriormente se divertían los pequeños de la ciudad. Es un lugar con encanto propio, que enamora a turistas y a michoacanos por la variedad de colores, texturas, olores y objetos que ahí se venden.

Morelia, Mich. | Acueducto Noticias / Irene Valdivia.-Las 11 de la mañana de este viernes, había un clima variado cuadra a cuadra del centro. Mientras algunas recibían la luz directa del sol, asomándose entre las nubes, otras eran cubiertas por su sombra, como si en algunas cuadras amaneciera más pronto que en otras.

El centro da la impresión de una ciudad vacía cuando los estudiantes salen de vacaciones y regresan a sus hogares. Ya no están los adolescentes llenando las bancas de Plaza de Armas, ni caminando por el abandonado Hotel Virrey Mendoza al Jardín de la Biblioteca, ni están sentados bajo el gran árbol que da sombra en la plazuela.

Tampoco gritan ni hacen ruido las pocas personas que están sentados alrededor de la fuente del Mercado de Dulces, en el poco conocido Jardín «Manuel Altamirano».

Sólo las cuatro cabezas de león que adornan la fuente hacían ruido escupiendo agua a la pila, brevemente opacadas por las combis rojas, que pasa semi vacías una tras otra en la Avenida Madero.

Amanece más pronto
Del mismo modo que las nubes y el sol iluminando cuadras diferentes, en el Mercado de Dulces y Artesanías de Morelia amanecía más pronto para unos locales que otros.

Para casi el medio día, muchas cortinas continuaban cerradas, mientras otras cortinas parpadeaban despertando junto a su mercancía, preparándose para recibir al público que ya hacía tumulto en el angosto pasillo del mercado.

Principalmente en mujeres con diferentes acentos y diferentes colores de cabello, tomaban entre sus manos los collares y rebozos exhibidos en la primera parte del mercado. Estas clientes escuchaban atentos las explicaciones del origen y los sabores de los diferentes dulces y licores exhibidos por los comerciantes, quienes se emocionaban a la posibilidad de persignarse con la primera venta.

Algunos comerciantes celebraban la transacción exitosa, y otros lamentaban no tener cambio para un billete grande para poder entregar su primera pieza del día, y entonces, los clientes se iban al siguiente local como la nube que se fue a cubrir la siguiente cuadra de la Madero.

Redescubriendo los juguetes artesanos

Caminando más hacia el interior del mercado, las playeras de calaveras y estampados de las tarascas y la catedral de Morelia, así como los rebozos no tradicionales con estampados de mariposas, eran reemplazados por indumentarias más tradicionales de la región de Michoacán y juguetes de antiguos diseños, como coloridos trompos, matracas y baleros.

Ahí, el tiempo se cruzaba para viejas y nuevas generaciones, con una triada de abuelas presentando a sus nietos pequeños autos de madera, y enseñándoles cómo se maneja un juguete que no tiene baterías, ni un control remoto ni una pantalla digital, porque los juguetes de madera no tienen botones ni luces ni música más allá de la imaginación de las manos que juegan con ellos.

Otras de los nietos descubría los juguetes con imanes y la novedad de poder jugar interactuando con el entorno, pegando con el magnetismo sus nuevos juguetes a los postes metálicos que sostienen las luces y el techo del mercado.

Y así efímero como la atención de un niño ante un nuevo juguete, también las miradas que eran invitadas a conocer las mercancías sin compromiso, se alejaban a seguir viendo y seguir caminando, y así se iba otra venta de las muchas que ya no se hacen en este mercado, alejándose lento como el auto de madera que un niño arrastraba por el piso, mientras se iba con su familia fuera de este mercado.